▲ Burning down the house debió registrar algún microsismo de tanto salto.Foto Tania Molina
Juan Manuel Vázquez
Periódico La Jornada
Sábado 5 de septiembre de 2026, p. a27
Un espacio vacío. En una época en que la producción de los conciertos tiende a lo faraónico, David Byrne elige la limpieza escénica, el minimalismo teatral. No hay grandes estructuras ni artefactos destinados a deslumbrar por el exceso de luces, mecanismos o pantallas. Hay cuerpos. Cuerpos que producen sonido, que se mueven y ocupan el espacio. Y un fondo que lo mismo puede ser una escalera de emergencia en Brooklyn que arte gráfico oaxaqueño con una calavera en cuya frente reza: Fuck ICE. Así transcurrió ayer la primera de las tres noches que David Byrne ofrecerá en el Teatro Metropólitan de la Ciudad de México.
Pero el escenario no está vacío. Byrne lo llenó de música y movimiento. Los músicos y bailarines –12 en total– no se limitan a tocar sus instrumentos y trabajar sus cuerpos: son también intérpretes, actores danzantes que ejecutan mientras avanzan, retroceden, se cruzan, se dispersan y vuelven a encontrarse, en una hermosa coreografía de átomos que se dispersan y se reintegran en un maravilloso cuerpo de multitudes. La música parece producir el movimiento y el movimiento, a su vez, producir la música.
Lo que en principio parece un escenario desnudo termina siendo todo lo contrario: un espacio colmado. De sonido, de cuerpos, de movimiento; de una belleza que no necesita objetos para hacerse visible. Está lleno de vida y alegría porque esa es la misión artística y política de Byrne. Sí, de eso se trata: ofrecer razones para que la vida sea un poco menos hostil. No es gratuito que haya fundado una revista llamada Reasons to be cheerful que difunde historias conmovedoras.
“Estamos programados genéticamente para prestar más atención a lo sombrío y aterrador, a aquello que da miedo”, dijo alguna vez y su propuesta estética es transgresora en tanto apuesta a conmovernos desde lo mejor de cada humano que se conecta con otro y forma una comunidad. “Nunca olvidemos que a la gente le encanta convivir”, dijo anoche casi al final de su recital.
Byrne siempre ha sido mucho más que un músico. Desde que empezó su trayectoria en 1975 con los Talking Heads, la banda art-rock neoyorquina que formó junto a sus compañeros de una escuela arte, sus piezas siempre tienen una idea más amplia que las sostiene más allá de cada melodía. Por eso sus conciertos eran más que recreaciones en vivo de su discografía; se convirtieron en puestas en escena en las que Byrne no sólo era un cantante de rock, sino un actor, un artista cuyo cuerpo era también un elemento expresivo.
Y aquí en el Metropólitan hizo exactamente eso. Paseaba del gospel funk de Talking Heads, a esa coladeira caboverdiana y afrobeat de su época con Rei Momo. Houses in Motion, This must be the place y los delirios que provocan Psycho Killer y Burning Down the house. Pero también los efluvios africanos que le heredó su amado Fela Kuti y el pop más terso.
De pronto el fondo es su apartamento en Nueva York, un loft sencillo con algunas obras de arte, su librero con ejemplares amontonados y la cocina a la vista donde presume que prepara estupendos platillos de México y la India. Y luego de la bienvenida nos hace pasar con la canción My apartment is my friend.
Luego todo fue un bloque Talking Heads donde Pyscho Killer dio paso a la danza buto con cuerpos que se contorsionaban en escena y en el público. El post punk-funk de Life during wartime dio pie a tomar postura en estos días difíciles: de fondo videos de manifestaciones contra ICE en Estados Unidos.
“Los días de simplemente brindar entretenimiento se acabaron; tenemos la obligación de hacer más” le dijo en 2020 a Spike Lee. Y eso fue lo que hizo. El último tema de la noche fue Burning down the house que debió registrar algún microsismo de tanto salto. Al final, el escenario vuelve a queda vacío. Pero, como confirmamos esta noche, sabemos que no lo está.
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