El parto de dos saberes

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By ndh
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Hay conocimientos que la modernidad archivó como reliquias del pasado pero que nunca dejaron de salvar vidas. La partería es  de esos. 

No es un saber inferior a la medicina científica, es un saber distinto, forjado en la experiencia acumulada de generaciones de mujeres que aprendieron a leer el cuerpo, el tiempo y el temor de otra mujer en trabajo de parto. Reconocerlo no es un acto de nostalgia; es un acto de justicia epistémica.

En San Miguel de Allende, Guanajuato, ese reconocimiento tomó forma institucional. El Centro de Excelencia en Partería y Bienestar, cuyos avances presentó este viernes el director general del IMSS-Bienestar, Alejandro Svarch Pérez, es el primer espacio público del país donde la partería tradicional y profesional convive, bajo el mismo techo, con la infraestructura de la medicina alópata. No es un hospital de especialidades ni pretende serlo: es un lugar pensado para partos de bajo riesgo, con gases medicinales, oxígeno y las medidas de seguridad de cualquier clínica certificada, donde participan por igual médicos y parteras, y donde se proyecta además formar a nuevas generaciones de profesionales en este oficio.

Durante décadas, la partera fue una figura relegada por el relato oficial de la modernización médica: sobreviviente en las comunidades donde el Estado no llegaba, tolerada más que reconocida, sospechosa de “atraso” ante los ojos de una medicina que se creía autosuficiente. Que hoy se le incorpore —no como sustituto de la ginecobstetricia, sino como saber complementario, con reconocimiento oficial y aspiración de formación universitaria— no es un gesto simbólico menor. Es la reivindicación de un conocimiento que acompañó partos mucho antes de que existieran los hospitales, y que acompaña también el embarazo y el puerperio, no solo el momento del nacimiento.

Esta reivindicación tiene, además, una resonancia particular para Veracruz. El propio programa IMSS-Bienestar reconoce que este estado concentra una de las mayores poblaciones de parteras tradicionales del país, mujeres y hombres que durante más de cuarenta años han sostenido, muchas veces de manera altruista, la atención materna en comunidades donde la ambulancia tarda horas en llegar. Que el modelo que hoy se institucionaliza en Guanajuato reconozca ese mismo tipo de saber es, para esta casa editorial, motivo de una reflexión que trasciende la coyuntura administrativa.

Hay en ese acompañamiento algo que rebasa lo clínico. La partera no sólo asiste el cuerpo: sostiene el ánimo, transmite calma, encarna una presencia que la ciencia moderna, con toda su eficacia, no siempre sabe ofrecer. Llamarlo espiritual no es forzar la metáfora: es nombrar la dimensión humana del parto que la tecnología por sí sola no cubre.

Lo que resulta filosóficamente sugerente es la coexistencia misma: dos racionalidades —la del ensayo clínico y la de la experiencia comunitaria transmitida de generación en generación— dejan de disputarse el territorio de la verdad sobre el cuerpo de las mujeres y empiezan a compartirlo. No se trata de relativizar la ciencia ni de romantizar la tradición, sino de admitir que ninguna de las dos agota por sí sola lo que una mujer necesita para dar a luz con dignidad.

Ese tránsito —de la exclusión mutua a la complementariedad— es quizá el gesto más discreto, y más profundo, de una transformación que también se mide en estas pequeñas armonías cotidianas.

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