La Habana vuelve a rodar, pero sigue a oscuras

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By ndh
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La Habana/Cruzo la calle Tulipán y enseguida noto algo diferente. Hay más tráfico que unas semanas atrás, suficiente para haber perdido la costumbre de mirar dos veces antes de pasar al otro lado. Un Lada rojo me obliga a apurar el paso para alcanzar la acera antes de que sus ruedas entren en el enorme charco de residuos albañales que rodea el policlínico 19 de Abril. La ciudad parece moverse otra vez, aunque lo haga entre aguas pestilentes.

Subo la loma. Bajo los dos bloques de veinte pisos, la venta de garaje al aire libre comienza a llenarse. Sobre mesas improvisadas y percheros aparecen objetos que resumen las necesidades del momento: una maleta para quien piensa marcharse, una silla plegable para quien necesita esperar durante horas frente a una panadería del mercado racionado.

También la calle 26 ha cobrado algo de vida. Debe ser la gasolina que está llegando en cantidades desde Estados Unidos e insufla movimiento a los cuerpos cavernosos de la economía cubana. En portales y salas particulares han aparecido pequeños negocios de ferretería; en una esquina reluce un restaurante con las maderas recién barnizadas y una nueva línea de triciclos eléctricos enlaza el Puente de Hierro, sobre el Almendares, con el Hospital Clínico Quirúrgico.


También la calle 26 ha cobrado algo de vida. Debe ser la gasolina que está llegando en cantidades desde EE UU e insufla movimiento a los cuerpos cavernosos de la economía

Sin embargo, hay poca gente caminando. Es viernes y el tiempo ha refrescado. Una capa de nubes hace más llevadero el trayecto, pero lo que agradecen las piernas lo lamentan las baterías. Nuestro panel solar lleva dos días sin regalarnos un vatio. Con apagones que superan las 20 horas, una jornada nublada es una maldición: refresca la madrugada y permite prescindir un poco del ventilador recargable, pero al amanecer tampoco habrá sol para rellenarlo. El dilema energético cubano cabe entero en esa paradoja.

Al otro lado del Puente de Hierro, ya en la calle 31, un restaurante privado está repleto poco después de las diez de la mañana. Afuera se alinean carros modernos. Adentro, los clientes beben batidos, picotean aperitivos y se hacen selfies. Otra señal de que el combustible fluye, aunque también es un termómetro de quiénes pueden permitirse convertir esa circulación en consumo.

Después de visitar a un amigo, decido regresar probando la nueva ruta de triciclos. Uno verde está a punto de salir. Delante de mí, un pasajero acomoda en el piso un enorme pez aguja recién pescado. El animal está envuelto de la cabeza a la cola en sucesivas capas de bolsas transparentes, apretadas con tiras de tela y cordeles, como una momia marina. Solo queda fuera el largo pico oscuro, fino y rígido, que apunta hacia el final del vehículo. Cada nuevo pasajero calcula dónde poner los pies para no pisar aquel cuerpo que ocupa buena parte del pasillo. Hemingway se hubiera quedado embelesado con la escena. 

El triciclo trepa trabajosamente hasta la calle 23. Luego pasamos junto al muro del Cementerio de Colón y desembocamos otra vez en 26. En Tulipán me bajo sorteando por última vez el pez, ya rígido, que probablemente terminará repartido entre varias mesas o vendido por piezas.

Camino hacia casa y, al llegar al edificio, descubro un pequeño prodigio: las lucecitas rojas sobre las puertas de los ascensores están encendidas. Hay corriente. Entro en un elevador por primera vez en semanas y arriba pongo inmediatamente la lavadora. Hay que aprovechar cada minuto de electricidad como antes se aprovechaba un aguacero llenando cubos. La ansiedad por hacer cuando regresa la luz nos corroe con la misma intensidad que la culpa si no logramos hacer todo lo pendiente en esos momentos de alumbrón.

El ciclo de lavado ni siquiera termina porque vuelve el apagón.

Afuera queda la ciudad algo más animada: el Lada rojo, los carros frente al restaurante, los triciclos trepando las lomas y hasta aquel pez aguja viajando por La Habana. La gasolina ha conseguido devolverle movimiento a ciertas calles, pero no encender las casas. Cuba vuelve a rodar un poco, aunque al final del trayecto siga llegando a oscuras.

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