Reseña de La Casa Encantada de Coatepec

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By ndh
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Magaña Jattar, Mónica, La casa encantada de Coatepec, Serie Veracruzanas Ilustres, Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa 2025.

Algunos filósofos conciben la vida mental consciente como un camino que pensamos cuando dibujamos la ruta andada en un plano que imaginamos. Lo recorremos y lo convertimos en una trayectoria del mapa mental del mundo construido con el material de nuestras vivencias. Cada experiencia debe servir en la elaboración del plano y al mismo tiempo debe concebirse como una perspectiva del mundo representado por él. Es como la vida del navegante que se hace de un croquis de las costas que registra en su primer viaje y luego vuelve a navegar con su ayuda, traza la ruta que toma e incluso corrige la idea que se había hecho de esas tierras en su primer viaje. Así, cada uno de nosotros necesita entender en dónde está para comprender la experiencia que tiene y poder así integrarla a su biografía.

No sé si Mónica Magaña Jattar esté de acuerdo con esta manera de entender la vida de las personas, pero su relato monográfico de la Casa Museo María Enriqueta Camarillo, La Casa Encantada de Coatepec, ilustra e incluso complica esta concepción. En ella, nos cuenta sus experiencias, sus dudas y ensoñaciones al recorrer la casa en la que no vivió la poeta, pero cuyos objetos evocan su vida. Su andar por la casa nos permite reconstruirla mentalmente y al mismo tiempo nos relata la vida de Camarillo, nos traza la ruta que siguió por el mundo, desde los largos pasillos e iluminados patios de su casa paterna en Coatepec, perfumada por camelias y gardenias; desde los cafetales sombreados por plátanos hasta su regreso a la Ciudad de México, después de haber pasado por Cuba, Bélgica y Lausana, de haber vivido la mayor parte de su vida en la zona residencial de la Villa de las Acacias, al norte de Madrid, con su esposo, el historiador Carlos Pereyra.

Mónica, además, interroga y escucha a los objetos que encuentra en su recorrido por la casa: el sello que usaba la Sra. Ronsón en su tienda de la calle Jiménez del Campillo para estampar la silueta de la escritora en las semblanzas que vendía, la máquina de escribir Victor Nº 10, proveniente de una zona montañosa de Pensilvania, cuyos 13 kilos María Enriqueta transportó con gusto por varios países, el piano catalán que adquirió en Madrid y se trajo a México. Mónica incluso escucha al antiguo torreón de la casa que alberga el museo, esa casa que el Arquitecto Bravo Ramírez le obsequió a Enriqueta Camarillo pero que no pudo habitar, el torreón que quizá presenció fusilamientos durante la Revolución y fue testigo de la construcción de un túnel durante la Cristiada. Pero, lo que parece estimular más la curiosidad de Mónica es la historia de un fantasma que rondaba la casa abandonada antes de convertirse en museo, una viejita que regalaba las pocas frutas del árbol de lima que creció por el lavadero antiguo.

En realidad, todo esto es una ingeniosa estrategia para hablarnos de la poeta María Enriqueta Camarillo, de la sociedad porfirista en la que tuvo que abrirse camino, publicando incluso bajo el nombre de Iván Mozkowski al principio de su carrera, del movimiento literario, el modernismo, al que pertenece su obra, de la Revista Azul, de la Cristiada, del arquitecto Armando Bravo Ramírez que donó la casa museo. Se trata de un esfuerzo generoso de Mónica Magaña por sacar del olvido la vida y obra de veracruzanas ilustres, como lo dice la colección en la cual se inscribe este texto; un esfuerzo por recordar a quienes le han dado sentido a la comunidad a la que pertenecemos, por reconocer el valor de su creatividad.

Pedro Stepanenko

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