ECP*
La derecha latinoamericana exhibe hoy a sus voceros, y el común denominador es la estulticia: una ignorancia satisfecha que se presume en público. De ahí sale lo demás, una vocación de servidumbre ante el capital y ante Washington que sus voceros llaman libertad. Citan a Hayek, autor de Camino de servidumbre, y toman el título como instrucción.
Durante el fin de semana largo, Vicente Fox confesó que intervino en 2006 para que ganara Calderón. Lo contó como una travesura. Dijo también que un país se gobierna como una empresa y anunció que después de la 4T vendrá otra vez la derecha. Es el mismo que corrió a Fidel Castro de Monterrey con un «comes y te vas» para no incomodar a Bush, y que destituyó a su embajador ante la ONU por decir que Washington trataba a México como patio trasero. Fox fue gerente de Coca-Cola y gobernó igual, para los dueños. Todavía no entiende lo que admite.
Javier Milei lloró en el Muro de los Lamentos, prometió mudar la embajada a Jerusalén sin que nadie se lo pidiera y firmó los Acuerdos de Isaac para ofrecer a Argentina como puerta de entrada de Israel a la región. En octubre de 2025 recibió un rescate de 20 mil millones de dólares del Tesoro estadounidense, mientras Trump advertía que el dinero dependía de que los argentinos votaran bien. Su postura es supina: tendido ante el poder e ignorante de lo que entrega.
Hay voceros más presentables. Abelardo de la Espriella asumió la presidencia de Colombia en agosto. Fue abogado de Alex Saab, señalado como operador financiero de Nicolás Maduro. Un mes después se grabó caminando entre cadáveres de guerrilleros abatidos y difundió el video como propaganda, hasta que un juez le ordenó retirarlo. Hasta Jaime Bayly, de su misma trinchera, lo llamó grotesco. Nasry Asfura ganó en Honduras después de que Trump pidiera el voto por él e indultara, días antes de la elección, a Juan Orlando Hernández, expresidente de su partido condenado en Nueva York por narcotráfico. A dos semanas de asumir, Asfura ya estaba en Mar-a-Lago. Cambia la presentación y la postura es la misma.
Completan la lista Nayib Bukele, que se llamó a sí mismo «el dictador más cool del mundo» y convirtió una cárcel en programa de gobierno; Daniel Noboa, que pidió permiso para instalar bases militares extranjeras y los ecuatorianos se lo negaron en las urnas, y José Antonio Kast, que llegó a La Moneda con la nostalgia pinochetista como credencial.
México y Brasil son los dos polos de la región y su referente. Los dos están bajo presión, y los dos tienen con qué resistirla. Lula ganó en octubre contra la maquinaria trumpista, con Bolsonaro condenado por intentona golpista. En México, la presidenta gobierna con una aprobación que ningún vocero de la derecha regional alcanza. La oposición dice abiertamente que quiere quitarle a la 4T la mayoría en 2027 y la presidencia en 2030, y Fox ya puso fecha a su regreso. Atlas Network pone la doctrina, Salinas Pliego pone las pantallas y la embajada de Israel reclamó en cuanto la presidenta llamó genocidio a lo que ocurre en Gaza. Como lo ha denunciado este diario, militares israelíes siguen entrando como voluntarios a escuelas indígenas de Chiapas sin que nadie explique quién los dejó pasar.
La derecha regional tiene a sus mejores voceros en quienes menos entienden lo que dicen. Fox y Milei hablan por ella con toda exactitud.
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