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La derrota de Donald Trump en las intermedias del martes dejó huérfana a la ultraderecha que creció a su sombra. De Buenos Aires a Madrid, los gobiernos y movimientos que tenían a la Casa Blanca por padrino amanecieron con un protector debilitado, sin Congreso y con dos años por delante para administrar su desgaste.
En marzo, Trump reunió en su club de golf de Miami a una docena de presidentes latinoamericanos para lanzar el Escudo de las Américas, una coalición militar contra lo que él llama narcoterrorismo. Milei, Bukele, Kast, Noboa, Asfura y el resto de la fauna de impresentables llegaron como socios de un proyecto que parecía tener años por delante. Todos crecieron al amparo de la red trumpista: CPAC, Atlas Network, operadores de redes como Fernando Cerimedo y el respaldo explícito de Trump, ya fuera en campaña o con el rescate financiero. Ese amparo era su principal garantía, y hoy vale bastante menos.
Cada uno pagó esa protección a su manera. Asfura llegó a la presidencia de Honduras con Trump pidiendo el voto por él y amenazando con cortar la ayuda si ganaba otro. Kast ganó en Chile con la misma bendición. Bukele prestó el CECOT para encerrar a los deportados de Washington, Noboa buscó abrirle la puerta a bases extranjeras y Milei se alineó con Israel hasta en la embajada.
Se dijo en este espacio que la victoria de Lula le quitaba al Escudo su pieza más codiciada, y el martes se confirma el giro. Brasil y México, las dos economías más fuertes de América Latina, sostienen proyectos opuestos al de Washington, y ahora el propio electorado estadounidense castigó al hombre que encabezaba la ofensiva. Los socios de Trump quedan rodeados por los dos países que más pesan en la región y con un padrino que perdió en las urnas de su propia casa.
Europa recorre el mismo camino. En España, Vox y los neonazis de Núcleo Nacional salen a la calle en A Coruña, Avilés, Zaragoza, Burgos y Barcelona, y en cada ciudad los antifascistas los superan en número. Las marchas contra Pedro Sánchez se desinflan: la de septiembre reunió a la mitad de gente que la de mayo. Jorge Buxadé, jefe de Vox en Bruselas, promete ilegalizar el antifascismo si su partido llega al gobierno. En Francia, Emmanuel Macron enfrenta protestas hasta de sus propios policías antidisturbios por sus políticas neoliberales. Orbán, Le Pen y Netanyahu cargan con derrotas o expedientes judiciales.
Visto así, se antoja hablar de un renacimiento. La orfandad es relativa. Milei, Bukele, Kast y Noboa siguen gobernando, y una elección en Estados Unidos los deja en sus palacios. La política exterior estadounidense es terreno del Ejecutivo: Trump conserva su firma para acuerdos de seguridad, asesores militares, aranceles y sanciones contra quien le estorbe. Un poder acorralado en casa suele buscar afuera dónde demostrar que todavía manda.
Lo que se perdió es la sensación de ola. La ultraderecha global se vendió como destino inevitable, la corriente a la que había que subirse antes de que fuera tarde. Esa narrativa sostenía votos, financiamientos y alianzas. Con Lula en Brasil, Sheinbaum en México y un Congreso opositor en Washington, la marea cambió de sentido.
Los impresentables del Escudo siguen en el poder. Les falta el viento a favor.
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