En una serie fotográfica para National Geographic, el fotógrafo nacido en Venezuela condensa el movimiento de escala épica en escenas íntimas que hablan de la poderosa motivación de la fe.
A lo largo de decenas de kilómetros desde el estado de Puebla, en el este, los peregrinos (desde bebés de pocos meses hasta ancianos) desgastan sus zapatos hasta que se rompen y duermen al aire libre sobre la tierra helada. Llevan pesadas estatuas de la Virgen de Guadalupe, de piel oscura, a sus espaldas y corren descalzos por el pavimento con antorchas en la mano. Pero en su documentación, la peregrinación también se revela como el evento social del año, resultado de una extensa planificación y coordinación entre amigos, familias y comunidades enteras.
Cuando nos conocimos, Arnal había estado fotografiando escenas de Llano Grande, una encrucijada entre las montañas que rodean el valle de México. Los peregrinos, vestidos con chándales naranja óxido a juego, se reúnen en bicicleta, listos para salir en grupo después de almorzar tacos de carne a la parrilla que se venden en tiendas llenas de humo.
“Se organizan en grupos en los pueblos y en las comunidades. Alquilan autobuses, alquilan camiones para transportar la comida, traen cocineros. Está todo muy organizado. Los que están fuera no entienden cómo puede funcionar. Funciona perfectamente, de forma sincronizada”, dice el fotógrafo.
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