San Salvador/Reducir los peligros geopolíticos contra EE UU, es decir, limitar la influencia de Irán, China y Rusia –probablemente en ese orden–, es motivo suficiente para que alguien como Donald Trump ordene la extracción de un dictador en Sudamérica. Nicolás Maduro era cliente para un desalojo intempestivo sin necesidad de ninguna invasión militar. Y así actuó el mandatario republicano, removiendo la pieza que faltaba para controlar mejor el tablero.
Con la caída del sucesor de Hugo Chávez, no obstante, se abre otro abanico de posibilidades. Ya sabemos que Trump carece de credenciales democráticas y hasta de los escrúpulos mínimos para esconder esa carencia. También sabemos que su temperamento es volátil; su ego, descomunal, y sus ansias de dominio, alucinantes. No tiene empacho en decir lo que piensa porque nunca ha tenido necesidad de pensar en lo que dice. Sus límites, lo ha expresado él mismo, dependen de lo que él llama su “propia moralidad”, afirmación que será tema de debate entre psicoterapeutas y filósofos del derecho, a buen seguro, en los años por venir.
Pero Donald Trump, como cualquier político huérfano de cualidades de estadista, sí tiene temores. Teme a los desafíos reales a su poder. Y además posee un aguzado olfato para entender los tiempos en que ese poder puede realmente ser desafiado. Las elecciones de medio término, el próximo noviembre, ejercen en el presidente un condicionamiento verdadero, porque para entonces debe presentar logros tangibles en casi todos los frentes que su desmesura ha abierto.
Pero Donald Trump, como cualquier político huérfano de cualidades de estadista, sí tiene temores
Y es justo aquí donde la democracia en Venezuela puede colarse: en esa pequeña rendija que se ubica entre el narcisismo insoportable y el realismo electoral. Si personajes como Marco Rubio han conseguido empujar a su jefe por la ruta del golpe quirúrgico y exitoso, ahora están obligados a proponer la larga operación de la restauración democrática como una herencia noble y duradera. No porque a Trump le interesen los venezolanos, sino porque le importa lo que la posteridad diga de él.
Y un fracaso clamoroso en la tierra de Bolívar no solo es ahora una posibilidad –amén de un pésimo legado–, sino que el fuego de charlatanería emitido por la Casa Blanca ya volvió palpable esa dura contingencia para muchos observadores, dentro de Venezuela y en el mundo. Llegó el momento que la retórica de fanfarrón de barrio se trueque en pragmatismo y habilidad, incluso para beneficio del mismo Trump.
Descartar a María Corina Machado como actor clave en la transición venezolana fue, ahora lo sabemos, un desacierto político y un infantil desahogo emocional (premio Nobel de por medio). Sin embargo, como era esperable, alguien finalmente le dijo a Trump que aquel berrinche tenía sus consecuencias. Machado, sí o sí, tendrá que volver a Caracas y liderar la reconstrucción de su país, sea con la venia o con la renuencia del presidente norteamericano.
Mucho antes de eso, es verdad, hay que cubrir el riesgoso vacío de poder que dejó Maduro. El chavismo residual, encarnado de momento en Delcy Rodríguez, es la cabeza de turco necesaria para este propósito. Sin alguien como ella, el desmantelamiento de la estructura opresora en Venezuela obligaría a una ocupación militar, a corto o mediano plazo. Y nadie quiere eso. Ni siquiera Trump; menos todavía sus votantes.
Pero poner orden en los cuarteles es muy distinto a gobernar hacia la democracia. Esa tarea no puede llevarla a cabo ninguna figura del régimen caído, entre otras cosas porque nadie de ellos sabe qué significa Estado de derecho, separación de poderes o rendición de cuentas. Con quien sea que Washington negocie el tutelaje de este periodo, ese alguien debe saber que su misión tiene fecha de caducidad.
Pero poner orden en los cuarteles es muy distinto a gobernar hacia la democracia
Tras la fase de estabilización que impedirá el colapso del país, a renglón seguido, ojalá más temprano que tarde, EE UU tendrá que dar protección y respaldo in situ a la oposición legítima que venció a Maduro en las urnas en julio de 2024. Y este acompañamiento tendría que compartirse con otros vecinos de la región. Una presencia avasalladora estadounidense es desaconsejable.
Reconocer estas condiciones elementales constituye la base de una transición exitosa. Si en serio se ha optado por guiar desde EE UU la primera estabilidad, con la promesa de construir la base de una democracia plena, la figura de Rodríguez es solo instrumental, mientras que la de Machado es esencial. Pero en tanto se arriba a ello, al pasado chavista le toca asumir hoy los riesgos de los desmontajes prioritarios.
La liberación –no la mera excarcelación– de prisioneros políticos es innegociable, igual que el desarme de los colectivos motorizados bajo el mando de Diosdado Cabello. A los todavía desafiantes hay que limitarles sus opciones: unirse a la guerrilla colombiana en la frontera, atreverse a una infructuosa resistencia militar interna o ir a prisión. Lo importante es que cada remanente sepa a qué se atiene si desafía el interinato de Delcy Rodríguez.
Al mismo tiempo, la base social opositora debe recibir los mensajes correctos, no más confusión. Como ha escrito Andrés Izarra, antiguo miembro del gabinete de Chávez, “el triunfo de Trump fue sacar a Maduro del volante con el auto andando y sentarse él”. Cierto. El problema es que no solo ha seguido su marcha, sino que este automóvil –llamado Venezuela– solo tiene una meta posible: la democracia. Cualquier otro destino es una colisión… y será mortal para quien vaya a bordo, aunque se apellide Trump.
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