Houston/Las marchas con antorchas no son una tradición cívica ni una expresión espontánea de patriotismo. Su origen moderno está firmemente ligado a las liturgias del poder totalitario, donde la política se convierte en espectáculo y el ciudadano en figurante. El fuego, lejos de simbolizar luz o conocimiento, funciona como un recurso emocional diseñado para impresionar, disciplinar y someter. No ilumina conciencias: ordena obediencias.
El antecedente más claro de estas manifestaciones se encuentra en la Alemania del nacionalsocialismo. El régimen de Adolf Hitler comprendió tempranamente que las masas no se dominan solo mediante leyes o represión directa, sino a través de rituales colectivos capaces de anular la individualidad. Las marchas nocturnas con antorchas, cuidadosamente coreografiadas, creaban una atmósfera mística y marcial en la que el individuo desaparecía diluido en la multitud.
Aquellas concentraciones no eran espontáneas. Eran actos políticos planificados con precisión estética y psicológica. El fuego, la noche y la repetición mecánica de consignas generaban una ilusión de grandeza histórica. El mensaje era inequívoco: el Estado encarna el destino, el líder lo interpreta y la masa obedece. La emoción sustituía al pensamiento crítico.
Fidel Castro, incapaz de construir un pensamiento político original, plagió este recurso, como plagió tantos otros elementos del autoritarismo europeo del siglo XX. Su formación no produjo ideas nuevas; produjo una notable habilidad para apropiarse de métodos ajenos y adaptarlos a su proyecto de dominación personal. Las marchas con antorchas en Cuba no son homenajes culturales ni celebraciones históricas: son un calco ideológico de las peores prácticas totalitarias.
La diferencia esencial entre el modelo nazi y su versión cubana radica en el contenido emocional. Mientras el nazismo logró —al menos en sus inicios— un fanatismo real, el castrismo se sostiene sobre la coacción y la simulación. En Cuba no se marcha por convicción; se marcha por obligación. No hay entusiasmo colectivo, hay miedo administrativo. No hay fervor juvenil, hay expedientes académicos y laborales en riesgo.
La diferencia esencial entre el modelo nazi y su versión cubana radica en el contenido emocional
Los rostros lo revelan todo. Jóvenes sin alegría ni esperanza, muchos mal alimentados, otros con calzado roto, todos conscientes de que su presencia es vigilada y su ausencia castigada. Detrás de la marcha aparecen siempre los comisarios, libreta en mano, tomando nota de los cuerpos obedientes y marcando a los disidentes silenciosos.
Estas marchas no buscan convencer: buscan demostrar control. Son advertencias visuales dirigidas tanto a los participantes como a los ausentes. El mensaje no es ideológico, es disciplinario. El Estado sigue mirando, sigue contando, sigue exigiendo.
La coincidencia entre nazismo y castrismo no es superficial ni casual. Ambos sistemas comparten el culto al líder infalible, la anulación del individuo, la instrumentalización de la juventud y el uso de la estética como arma política. La diferencia es que el castrismo representa una versión degradada y tardía, una mala copia prolongada en el tiempo, sostenida no por la adhesión popular, sino por el agotamiento social y el miedo.
Hannah Arendt lo expresó con precisión al analizar los regímenes totalitarios del siglo XX:
“El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino aquel para quien la distinción entre realidad y ficción, entre lo verdadero y lo falso, ha dejado de existir.”
Esa es la esencia de las antorchas del miedo en Cuba: no buscan crear creyentes, sino administrar la resignación, mantener a una sociedad atrapada en el gesto vacío, en la repetición forzada, en la obediencia sin fe.
Las dictaduras, cuando envejecen, recurren cada vez más a estos rituales huecos. Ya no poseen un relato creíble ni una promesa de futuro. Les queda el fuego, la marcha, la lista y la amenaza. Pero el fuego impuesto no crea luz propia. Solo ilumina, por contraste, la pobreza moral y política del régimen que lo utiliza.
La historia es implacable con estas liturgias del sometimiento. Cuando el poder necesita obligar a marchar, es porque ya ha perdido la capacidad de ser creído.
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