▲ Presentación en Mónaco de Charles Edward Anderson Berry en 2009.Foto Ap
▲ Chuck Berry en un concierto en Montevideo, Uruguay, en 2013, y durante una presentación en Mónaco en 2009.Foto Afp y Ap
Pablo Espinosa
Periódico La Jornada
Lunes 2 de febrero de 2026, p. 6
El sonido de la guitarra de Chuck Berry pone en movimiento descargas voltaicas, luminosos esplendores, sabores metálicos, pulsos febriles.
Es un sonido inconfundible, evocador, irresistible. Hay un antes y un después de ese sonido.
Este 2026 se celebra el centenario del natalicio de Charles Edward Anderson Berry, oriundo de San Luis, Misuri. Llegó al mundo el 18 de octubre de 1926 y falleció el 18 de marzo de 2017 en Wentzville, Misuri.
Ya Carl Sagan se encargó de colocar su pieza más famosa, Johnny B. Goode, en un disco dorado que introdujeron en la nave espacial Voyager, en 1977, para que alguna civilización de otra galaxia se entere cómo suena el planeta Tierra.
Ese documento sonoro, curado por Sagan, incluye La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky, considerada la expresión humana de la sexualidad.
Entre las 27 muestras de sonidos seleccionadas por Carl Sagan, se incluye una pieza estremecedora, representación de la soledad: Dark was the night, cold was the ground, un blues-spiritual del maestro Blind Willie Johnson (1827-1945) que grabó en 1927 con su guitarra activada con la técnica conocida como fingerpicking, que produce múltiples sonidos en una sola guitarra, además de la técnica bottleneck slide, que produce efectos de lamento y llanto.
A pesar de su título poético (Oscura era la noche, gélido era el suelo), esa pieza musical no tiene letra; bastan las guturaciones y gemidos del músico ciego que la inmortalizó.
A esa grabación destinada a flotar en el espacio se añadieron cantos de indios navajos, sonidos de un gamelán de Java y una canción pastoril búlgara.
Esa colección de sonidos son los idóneos para ubicar la naturaleza salvaje, primitiva, tribal del sonido de la guitarra de Chuck Berry.
El atributo mayor del sonido Chuck Berry es su naturaleza poética, tan plena y tan sencilla.
Bob Dylan entendió desde el primer momento el misterio de ese sonido y de inmediato expresó: “Chuck Berry es el William Shakespeare del rock”.
Y no es que las canciones de Berry se distingan por estar escritas, como las de Dylan, en pies yámbicos y versos blancos, como lo hizo William Shakespeare.
El aserto de Dylan se dirige hacia el efecto que ese sonido produce en quien lo escucha: una pulsión profundamente humana, preñada de emociones.
Es un sonido al mismo tiempo tumultuoso y pleno de soledad. Da voz lo mismo a una multitud sudorosa que a solamente un individuo en la oscuridad.
El propio Chuck Berry lo definía así: “las más elevadas intensidades que he producido en mi vida provienen por igual del griterío de unas 62 mil personas en un concierto y, al mismo tiempo, del gemido de una sola persona”.
Desde muy pequeño, Charles Berry cantaba blues y leía poesía.
Su padre recitaba poemas de Paul Laurence Dunbar y de Langston Hughes, que influyeron en el uso de las palabras que habría de hacer el pequeño desde entonces.
Laurence Dunbar (1872-1906) fue un poeta, dramaturgo y novelista de fines del siglo XIX y principios del XX, en Ohio.
Hijo de esclavos, escribió gran parte de su obra en el inglés vernacular negro. He aquí el ejemplo de algunos de sus versos:
Sunshine on de medders
Greeness on de way
Dat’s de blessed reason
I sing all de day
Look hyeah! What you aying’?
What meks me somerry?
’Spect to see me sighin’
W’en hit’s wa’m in February?
Langston Hughes (1901-1967) es uno de los artífices del gran movimiento cultural conocido como Renacimiento de Harlem y es también uno de los primeros poetas en introducir en la literatura la imitación de los sonidos e improvisaciones del jazz y del blues y, en suma, de la música afroestadunidense como una forma de orgullo racial.
“Una canción popular”
Chuck Berry siempre tenía libros consigo y durante sus giras cargaba dos: un diccionario y un tomo de sinónimos y antónimos.
▲ El célebre cantante y guitarrista en Santa Cruz de Tenerife en 2008.Foto Afp
Lo suyo era el boogie-woogie, el rhythm and blues, el swing y el hilbilly, nombre con el que se aglutinaba al folk, el blues y el gospel y en general la música de las zonas rurales del sur de Estados Unidos.
El término rhythm and blues definía lo que las personas cercanas a la pobreza consideraban “una canción popular”.
En 1955 grabó Maybellene con su Blond Gibson ES35OT y eso fue el comienzo de una serie interminable de “high energy hits” que configuraron el nuevo estado de cosas en la música popular.
Una legión de jóvenes aprendices se formaron escuchándolo.
Es célebre el dato biográfico de la banda The Rolling Stones que cuando se conocieron Mick Jagger y Keith Richards, el primero llevaba bajo el brazo discos de Chuck Berry.
Años más tarde, Richards rindió el siguiente testimonio:
“Literalmente salió de un salto desde el aparato de radio hacia mí. Básicamente lo devoré, lo respiré. No era solamente alimento, era el aire que respiré durante muchos años cuando estaba aprendiendo a tocar la guitarra y buscando convertirme en un todo terreno como él: gran voz, gran guitarrista, gran presencia escénica. Era todo en un solo paquete”.
“Mientras suena su música, todo está en su lugar”
Bob Dylan consideraba que Elvis Presley hizo grietas en las puertas del rocanrol, pero Chuck Berry las dinamitó con todo y bisagras. Fueron grandes amigos.
Dylan: “Chuck me dijo un día: ‘deseo que llegues a los cien años de edad y también deseo vivir para siempre’. Chuck sigue siendo una fuerza de la naturaleza. Mientras suena su música, todo está en su lugar”.
En su libro Life, Keith Richards admite:
“Le robé cada frase, cada riff, cada adorno melódico. A él le debo mucho. Por otra parte, siempre he detestado que me hagan bullying y eso es exactamente lo que hizo Chuck conmigo cuando filmamos Hail hail rock and roll”.
No obstante, siempre aprendió de él: “cuando tocaba Sweet little sixteen, observaba cómo movía los dedos y aprendí a hacerlo por mi cuenta. Lo hermoso de Chuck es verlo tocar sin esfuerzo, como un león”.
Cuando Chuck Berry hizo giras en Reino Unido, tenía a los futuros dioses a sus pies: The Animals, el joven Jimmy Page, los Yardbirds, los Kinks, Los Beatles, los Rolling Stones.
Los Beatles, por cierto, hicieron populares muchas canciones de Chuck Berry, como Roll Over Beethoven, mientras Bob Dylan hizo lo propio con otras exquisiteces de Berry, como Litlle Queenie.
Roy Orbison ubicó a Chuck Berry como “el primer cantante que escribe sus canciones”, si bien Keith Richards se encargaría años más tarde de envalentonar a Johnnie Johnson para que demandara a Berry por derechos de autor, pues la mayoría de sus éxitos los compuso gracias al talento de Johnnie Johnson.
Lo que es cierto es que Chuck Berry estableció la dinámica de componer canciones como un trabajo de equipo. Él siempre dio forma definitiva a bosquejos, ensayos, fragmentos, propuestas de sus compañeros de grupo para convertirlos en obras de arte.
El mejor ejemplo es el testimonio de Johnnie Johnson al referirse al primer éxito de Chuck Berry que grabaron e hicieron juntos: Maybelline, en el lado A y en el B, Wee wee hours. “We were proud of that piece, that’s our music” (“Estábamos orgullosos de esa pieza, esa es nuestra música”), dijo Johnnie Johnson al referirse al boogie-woogie, hard blues, oro molido que es esta melodía.
A manera de homenaje, invito a escuchar esa pieza en el disco Hail hail rockanrol.
He ahí al William Shakespeare del rocanrol.
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