Matanzas/Desde el pasado domingo, los matanceros están sufriendo el desabastecimiento del pan normado (por la libreta) en las bodegas y panaderías de la cabecera municipal. Tampoco apareció el producto de la Cadena Cubana del Pan, que durante meses había funcionado como un parche irregular para contener la escasez. Matanzas empieza a ver cómo se apagan los hornos y decenas de trabajadores quedan en un limbo administrativo.
El cierre parcial o total de los centros de elaboración ha colocado a numerosos panaderos en condición de interruptos, a la espera de decisiones que no se comunican con claridad y que, en muchos casos, apuntan al desmantelamiento definitivo de algunas instalaciones. En la llamada Ciudad de los Puentes, el pan –escaso, caro y muchas veces de mala calidad– seguía siendo un elemento central del desayuno cotidiano. Hoy, ni siquiera eso.
Julito trabajó más de 20 años en la panadería de Peñas Altas. En 2023 fue declarado “disponible” tras una reducción de plantilla, una figura que en la práctica equivale al desempleo sin alternativas reales. Su relato condensa la decadencia de un sector que lleva años en retroceso.
“Antes trabajábamos en dos turnos de 24 horas. Incluso, cuando terminábamos temprano, hacíamos galletas por la mañana. Desde el covid-19 todo fue cuesta abajo. Muchos compañeros quedamos fuera sin solución”, cuenta a 14ymedio. A los que permanecieron en plantilla, explica, los llamaban a trabajar una o dos veces por semana. “Todo el mundo sabe que un panadero no vive de su salario. Ahora dicen que van a desmantelar el horno y la estufa”.
/ 14ymedio
Según Julito, el pan normado se elaboraba en una panadería de la Cadena Cubana del Pan porque era la única con planta eléctrica. “Pero ya ni allí están produciendo. Por lo que sé, solo la panadería de Pastorita seguirá haciendo pan para las bodegas”, asegura.
Hasta hace pocos días, la Cadena ofrecía pan en barra a 130 pesos, pan de molde a 270 y pan redondo a 25. La calidad dejaba mucho que desear, pero para miles de familias representaba la diferencia entre desayunar algo o irse a la escuela y al trabajo con el estómago vacío.
“Era de esperar que esto pasara”, dice Alicia, vecina de uno de los edificios de 13 plantas de la ciudad. Es cuentapropista y evita cualquier discurso ideológico. “Trabajo, pago mis impuestos y no necesito saber más nada. Lo único que quiero es una vida medianamente digna: pan en la bodega y en la panadería. Si un gobierno, sea de derecha o de izquierda, no puede garantizar eso, sobra por ineficiente”.
Alicia regresa a su edificio con la jaba vacía. “Ahora tengo que ‘cazar’ a algún panadero particular desde el balcón. Hoy puedo, mañana no sé”, añade.
La crisis también ha golpeado al sector privado. Desde este fin de semana, la oferta de pan disminuyó y los precios subieron de forma abrupta. Los vendedores ambulantes aparecen menos y venden más caro.
Mientras en Matanzas se apagan los hornos, el discurso oficial intenta transmitir calma
Un vecino de la calle Milanés, a menos de una cuadra de una panadería cerrada, describe una escena que se repite en varios puntos de la ciudad. “Hace más de una semana que ahí no se mueve nada, solo los custodios. He tenido días sin encontrar pan porque ni los ambulantes pasan”.
Este lunes logró comprar uno a dos cuadras de su casa. “Costaba 130 y los particulares lo vendían en 180 hasta hace poco. Ahora en 220. Cuarenta pesos más de un día para otro”, dice. En la bodega, cuenta, la respuesta fue desalentadora: “Que me olvidara del pan por un buen rato. Que quizás desmantelen el local y que en toda la ciudad solo queden una o dos panaderías para la producción normada. Imagínate: dos panaderías para más de cien mil personas”.
Mientras en Matanzas se apagan los hornos, el discurso oficial intenta transmitir calma. Este jueves, un texto del medio oficialista Cubadebate aseguró que la Industria Molinera S.A. “continúa trabajando para asegurar la harina destinada al mercado nacional”, aunque reconoció “complejidades logísticas y financieras” que afectan la distribución.
En Matanzas, en cambio, no hay harina ni pan suficiente y no hay información clara ni para la población ni para los trabajadores del sector. Lo que sí hay son centros cerrados y salarios suspendidos. Para muchos matanceros, el “pan nuestro de cada día” comienza a convertirse en un recuerdo de cuando la escasez aún no lo abarcaba todo.
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