San José de las Lajas pedalea en medio de la escasez de combustible

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By ndh
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Mayabeque/El traqueteo de las cadenas sustituyó hace meses el rugido de los motores en San José de las Lajas. En la calle 37, sobre los adoquines irregulares que cruzan el centro del pueblo, los bicitaxis avanzan despacio, con el toldo remendado y los asientos gastados por el sol. La crisis energética que atraviesa Cuba ha reducido el transporte de pasajeros y mercancías a su mínima expresión, y en este municipio de Mayabeque la escasez de combustible se traduce en más pedales, más caminatas y menos opciones para moverse.

Desde la parte trasera de uno de esos triciclos adaptados se ve el pueblo a otra velocidad. Las casas bajas, las rejas pintadas a medias, los postes con sus enredos de cables y las palmas que asoman por encima de los muros pasan sin el sobresalto de un claxon. David, que conduce desde las siete de la mañana, dice que nunca había tenido que estirar tanto las rutas.

“Como no están saliendo camiones para El Cotorro, la gente me alquila para que los lleve hasta el barrio de Jamaica, que está a la salida del pueblo. Hay que dar bastantes pedales hasta allá, pero se hace el esfuerzo”, comenta. Lleva casi diez años en el oficio y sabe medir el cansancio en kilómetros. Jamaica, Pastorita, la zona cercana a la autopista nacional: destinos que antes cubría algún camión particular o una guagua intermunicipal ahora dependen casi exclusivamente de la fuerza de las piernas.

La escasez de combustible prácticamente ha paralizado la transportación estatal de pasajeros. En la terminal de ómnibus, las salidas se espacian o se suspenden sin previo aviso. Los camiones que enlazaban con La Habana redujeron sus viajes y los que trasladaban mercancías llegan tarde o no llegan. En el mercado agropecuario, varios vendedores se quejan de que la falta de diésel retrasa el abastecimiento y encarece los productos. Menos viajes significan menos oferta, y menos oferta, precios más altos.


La escasez de combustible prácticamente ha paralizado la transportación estatal de pasajeros

En el boulevard, frente a la pizzería donde está la única piquera oficialmente reconocida, los bicitaxis esperan bajo el sol de la mañana. Algunos conductores prefieren no mantenerse allí. “Si nos quedamos parados, podemos pasarnos una o dos horas sin hacer ningún pasaje”, explica David. “En ocasiones las personas que pasan por aquí ya han caminado más de la mitad del trayecto hasta sus casas”.

Las regulaciones también pesan. “Está establecido que no podemos circular por la Carretera Central. Entonces, si alguien me alquila un viaje al Reparto Pastorita tengo que dar tremenda vuelta. Eso hace que la ruta sea más larga y, por tanto, un poquito más costosa”, detalla. La contradicción es evidente: mientras el transporte público se reduce por falta de combustible, los privados enfrentan restricciones y multas que pueden llegar hasta los 10.000 pesos por infracciones que tienen poco sentido en vías desiertas de autos.

Yoandry, de 23 años, conduce un bicitaxi rentado. Su triciclo azul, con el techo de lona sujeto por alambres, recorre la avenida 39 vacío hasta que alguien le hace señas. “Debo pagarle 3.000 pesos diarios al dueño, hasta que logre reunir para comprarme el mío propio. No es fácil sacarle a estas tres ruedas más de 3.000 pesos cuando el promedio de las rutas está sobre los 200”, cuenta.

Cuando el día viene flojo, se acerca a la terminal o al hospital provincial. Allí siempre hay algún paciente que necesita llegar rápido a casa o un familiar cargando bolsas. Aunque impliquen más esfuerzo, los tramos largos compensan. “Entre los mismos conductores hemos llegado a un acuerdo no escrito de cuánto debe cobrarse para cada lugar. Los clientes saben más o menos los precios. El que intenta exagerar se queda sin viaje. Bicitaxis son los que se sobran en este pueblo”, recalca.


Los privados enfrentan restricciones y multas que pueden llegar hasta los 10.000 pesos por infracciones que tienen poco sentido

En el parque central, mientras cae la tarde y algunos vecinos se sientan en los bancos a conversar, otro bicitaxi cruza despacio con dos pasajeros en la parte trasera. El conductor, en camiseta sin mangas, pedalea con el torso inclinado hacia delante. La escena resume el nuevo ritmo del municipio: desplazamientos más cortos, más lentos y más caros en proporción al salario promedio.

La crisis energética no solo ha cambiado la forma de moverse; también ha modificado los horarios y las rutinas. Trabajadores que antes dependían de una guagua madrugan aún más para caminar hasta el centro. Comerciantes ajustan sus pedidos a lo que pueda llegar en algún camión disponible. Familias organizan las salidas según la certeza, cada vez menor,de encontrar transporte de regreso.

En San José de las Lajas, el mapa cotidiano se ha encogido al compás de los tanques vacíos. Donde antes circulaban motores, ahora predominan los pedales. El transporte de pasajeros y mercancías depende, en buena medida, de estos triciclos que desafían los baches y las distancias. Mientras no haya combustible suficiente para reactivar las rutas estatales y privadas, el municipio seguirá avanzando a la velocidad que permiten las bielas y la resistencia de quien las impulsa.

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