Cuatro Ciénegas: sobre el desierto mexicano – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasCiudad de Mexico, 28 de marzo de 2026
Hay que recorrer cuatro horas del estado de Coahuila hasta llegar a este paraje que me dijeron que era desierto, pero no…
José Luis Sabau
Lo cierto es que existe ese desierto. Lo cierto es que es diminuto. Lo cierto es que es un error usar la palabra como sustantivo para hablar del norte entero.
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Hay que recorrer cuatro horas del estado de Coahuila hasta llegar a Cuatro Ciénegas. / Foto: José Luis SabauSiento que me mintieron, habiendo crecido en el sur de México. Me mintió el idioma y, solo con los años y las visitas a distintas regiones de este, nuestro México, me he percatado de las limitantes tan obvias de los idiomas trasplantados. Esas que me hicieron creer, por años, que al norte de México existe un amplio desierto; que me hicieron pensar en dunas arenosas de un color amarillo pálido.
Si lo pensé, será culpa de una palabra tan solo; del mismo desierto. Dicho como sustantivo. Ese que, en la infancia, vinculaba con imágenes del Sahara; a camellos resilientes y un sol tan inclemente que hace parecer al Caribe una zona cercana al invierno. Me imaginaba, pues, casas de adobe y montañas de arena que se extendían por kilómetros mientras que algún desafortunado—siempre vestido de blanco y con turbante—rezaba a un dios o dos por encontrarse con un oasis entre las dunas. Ese, para mi, era el desierto y cómo, en la escuela, recuerdo haber aprendido que, al norte, había uno, asumí, pues que así sería la región entera. Reduje un territorio enorme a una sola idea; de eso no hay nada de cierto.
(Culpo a la simplicidad con que tratamos tantos temas con los niños en aras de presentarles ideas desde un principio; mismos que olvidamos extender tiempo después al enfocarnos en lo inmediato y nunca resolvemos. Quedan así lagunas abandonadas de ideas; queda así esa falsa concepción de que, al norte de México, existe ese desierto).
Lo cierto es que es un error usar la palabra como sustantivo para hablar del norte entero. / Foto: José Luis SabauAhora, permito rectificarme y perdonar, a su manera, cierta parte de esas ideas mías infantiles. Lo hago con motivo de un viaje al norte—a Coahuila, para ser precisos—y la búsqueda implacable de esas dunas que todos llaman del desierto. El aventurarse a un estado vecino sabiendo, por fotografías, esas dunas sí estaban y que la gente podía visitarlas.
Pues existen, hay que decirlo. Sí hay, al norte, ese desierto arábico que nos enseñaron en los años primerizos. Pasa que para llegar a él, hay que recorrer un terreno entero que consiste de planicies áridas. Hay que ver una infinidad de tierra seca donde, a pesar de sus resquebrajados pisos, siguen creciendo un par de plantas y siguen corriendo, incansables, los correcaminos. Hay que pasar por montañas tan gigantes que no entiendes cuán alto vuelan los aviones para evitarlas; hay que ver cómo, sus cordilleras, alternan una piedra ancestral con tierra desmoronada y cómo, de vez en cuando, surge un versos innegable.
Hay que recorrer cuatro horas del estado de Coahuila hasta llegar a Cuatro Ciénegas. Hay que ver cómo las ciudades se tornan en planicies, las planicies en colinas y las colinas de nuevo en ciudades. Hay que escuchar unas ochenta o cien canciones—las que una persona escribe en su vida entera—mientras ves ese paisaje inmenso de ese estado gigantesco sin percibir, una sola vez, que comiencen las dunas. ¿Cómo no sentirse engañado?
Cómo no sentirlo cuando, al llegar al lugar indicado, hay tan solo una reja y una fila enorme de coches que te hace pensar que el sueño es compartido. Cuando te cobran por entrar y te indican que, allá al fondo, habrá dónde estacionarse. Cuando todavía toca manejar por terracería unos quince minutos y hacer lo posible por rebasar autobuses en un terreno forjado en la tierra árida que deja espacio, apenas, para un carril de ida y otro de vuelta. Cuando al llegar ves, al fin, las dunas pero, antes, tienes que pasar por un bar.
Cuando te das cuenta que esa imagen del norte existe solo en lugares contados y que ahí ya hay unos cien turistas de varios autobuses. Todos vinieron al mismo sitio, a quitarse, momentáneamente, los zapatos y caminar por unas dunas que se extienden a lo ancho pero que te dejan ver, con toda certeza, que terminan.
Son encantadoras. Lo admito. Más aún porque se niegan sutilmente al estereotipo y su arena, más que dorada, es blanca y fina. Porque no hay nada más que turistas, unos baños con agua y un cráneo falso de un dinosaurio. Ahí están solas, las dunas de yeso de Cuatro Ciénegas. Ahí esta, a su manera, el norte mexicano.
La impresión dura poco. No vi a nadie aventurarse más allá de una caminata de cinco minutos. Como si fuera suficiente ver que ese desierto norteño existía. Quizá todos sintieron la misma tristeza al descubrir que, así como contamos personas y negocios, bien podríamos hacer un censo de dunas. O tal vez era una simple irritación porque el viento venía acompañado de arena y, muy frecuentemente, sonaban quejas muy ciertas porque se te mete a los ojos.
El norte es más que esas dunas de yeso. Son las montañas que se extienden incansables / Foto: José Luis SabauEl norte es más que esas dunas de yeso. Son las montañas que se extienden incansables y el mar que lo arropa en sus costas. Son ciudades industriales y pueblos de cinco casas. Son las vulcanizadoras en medio de la nada y los edificios que han abandonado. El norte es una planicie enorme y también un conjunto incansable de cerros. Es las dunas, también; pero es tanto más que eso. Es lo que se recorre para llegar a ellas y lo que tantos consideran su hogar. Es una parte del país que no puede reducirse y nos comprueba que una sola palabra puede cargar tanto más.
Si el norte es desierto, como siempre se me enseñó, toca reconocer el error. O expandimos la palabra hasta que incluya no solo las dunas, sino todo lo que las rodea—a tal punto, no sé si la palabra tiene significado alguno—o simplemente, decimos que eso no es cierto. El norte es muchas cosas. Entre ellos, las dunas de yeso. Pero entre ello, también, una infinidad de paisajes y gente de las que no aprendí y ahora, para redimirse, les hice este texto.
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