Agustín Pérez, el artesano que revive la armadura romana para el Vía Crucis de Puebla

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Daniela Portillo y Dulce Liz Moreno

Agustín Pérez Gutiérrez es el autor. Combina escultura, modelado, carpintería, diseño y corte.

Pensó en el cartón, experimentó en bulto, pasó a cuero tratado con calor húmedo, luego a fibra de vidrio y el producto estrella: lámina metálica, atuendo que le lleva hasta seis meses de trabajo.

Toda su vida adulta, Agustín Pérez ha vivido de foros. Las fiestas infantiles, sobre todo, porque es payaso profesional autodidacta, tan bueno que sostiene su economía personal con ello.

Sabe de maquillaje y vestuario por ensayo-error, tutoriales y recomendaciones.

Aguza el ojo, además, yendo como público a las funciones de la competencia y hace sondeos con los más experimentados en escena.

Todo le iba muy bien hasta que…

De por sí participa en las escenas de la crucifixión, tradición emblemática de esta comunidad localizada en la antigua salida carretera que conectaba a la Angelópolis con la Ciudad de México.

Y sabe, por experiencia, qué movimientos requieren las escenas.

Investigó con entrega absoluta con el fin de aproximarse a la cultura visual pertinente. Eligió como método ver lo que canta Joaquín Sabina: “una de romanos”.

Comenzó con su película emblema: Gladiador.

Cuadro por cuadro, tomó apuntes con zoom en los escenarios, el vestuario, los objetos de manipulación y artículos de simulación y ambientación.

Vio brazaletes grabados, los diferentes modelos de pecheras metálicas (llamadas loricas)… y alcanzó a distinguir la moda de Hollywood de las armaduras romanas que, para el tiempo del Vía Crucis original, usaban los llamados legionarios.

Se construyó sus herramientas especiales: puntas de todos tipos y en madera, plástico, acero… unas con forma de hacha, otras parecen llaves Stilson, algunos mazos diminutos y otros tamaño demolición.

Ha peinado todo el cine del género péplum (espada y sandalia) que ha podido. De Ben-Hur a La Pasión de Cristo, que Mel Gibson dirigió hace más de una década.

Cascos, brazaletes, corazas, calzado… Túnicas, faldas y todas las piezas que entrega están pulidas de modo que eviten encajarse o raspar la piel de los vecinos-actores.

Toda obra tiene un costo

La tarifa no da para vivir: siete mil por la armadura más austera, 35 mil para la más refinada, la metálica que se elabora a medida, a martillazo invisible. Pero es su pasión.

La importación ha sembrado en la Romero Vargas una competencia desleal: los disfraces hechos en India son baratísimos. Se rompen desde la puesta, pero cuestan pocos pesos. Así que hoy, los trajes deshilachados y rasgados revelan el origen asiático.

Calibrando la calidad de materiales y las bondades de los cortes, la meta de Agustín Pérez Gutiérrez con sus atuendos no parece lejana:

Que el productor de la próxima película, Gladiador 3 en seis años, por ejemplo, me incorpore; hay que tirarle alto

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