Moverse también es convivir – El Sol de México

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Moverse también es convivir – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasCiudad de Mexico, 6 de abril de 2026

Especialista en temas de Planeación y Desarrollo

@Gabysalido

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La movilidad suele discutirse en las mesas de gobierno como si fuera un frío rompecabezas técnico: piezas de asfalto, sincronía de semáforos y optimización de tiempos de traslado. Sin embargo, cuando bajamos a la calle, la realidad es otra.

En el fondo, moverse es la forma más básica y constante en la que convivimos —o chocamos— todos los días en el espacio público. Es ahí, entre el ruido del motor y el paso del peatón, donde se revelan nuestras fracturas como sociedad.

Durante años, las decisiones en esta materia se han tomado desde la peligrosa lógica de la inmediatez: resolver rápido para que la foto salga bien, intervenir lo visible para anunciar una obra antes del corte de caja político. Se pinta una raya verde para una ciclovía, se cambia el sentido de una calle o se siembran bolardos como si fueran soluciones mágicas. Acciones que, en el papel de un escritorio oficial, parecen avances, pero que en la práctica no siempre garantizan lo más sagrado: la integridad de quien se atreve a usar la vía. Porque seamos claros: una línea de pintura en el suelo no detiene una tonelada de acero, ni protege la vida de nadie si no hay un diseño que la respalde.

La movilidad urbana no puede reducirse a parches aislados. Requiere una planeación que no le tenga miedo a los datos duros, a los estudios de origen-destino y al análisis real de los flujos de quienes habitan la periferia y trabajan en el centro. Implica entender cómo se mueve la ciudad que “es”, no solo la ciudad ideal que algunos imaginan desde una burbuja. Y, sobre todo, implica reconocer una verdad incómoda: la calle no tiene un dueño único, aunque el diseño de las últimas décadas nos haya hecho creer que el automóvil era la única forma de movernos en la ciudad.

En nuestras avenidas conviven mundos opuestos con ritmos desiguales: el peatón que sortea obstáculos, el ciclista que se juega la vida en cada cruce, el usuario del transporte público que regala horas de su día al trayecto, el automovilista estresado y el repartidor que corre contra el cronómetro de una aplicación. Esta es la realidad de nuestros espacios. Pensar la movilidad desde una sola perspectiva no solo es una falla técnica, es una injusticia estructural que castiga a los más vulnerables.

Por eso, el debate no debería ser una guerra de bandos. No se trata de imponer la bicicleta como religión, ni de satanizar el automóvil como si no fuera, para muchos, una necesidad de trabajo o seguridad. Se trata de construir un suelo parejo donde cada persona, elija el modo que elija, tenga la certeza de que llegará sana a su destino. El éxito de una política pública no se mide en kilómetros de concreto inaugurados, sino en vidas que dejaron de estar en riesgo.

Pero hay otra capa, quizás la más difícil de digerir, que casi nunca se menciona en los boletines de prensa: la ética del espacio compartido. Ninguna infraestructura, por más premiada o moderna que sea, funcionará si quienes la usamos no asumimos nuestra cuota de responsabilidad. Respetar el paso cebra no es una sugerencia, es un pacto de civilidad. No invadir el carril confinado no es solo evitar una multa, es respetar el tiempo de miles de personas.

Moverse no es solo trasladarse de un punto A a un punto B; es un ejercicio de convivencia que nos exige reconocer límites. Implica entender que mi prisa no es más valiosa que la seguridad del otro, y que el espacio público es, por definición, de todos y de nadie. A veces la conversación se vuelve áspera porque es más fácil exigirle al gobierno una nueva obra que cambiar nuestros propios hábitos de manejo o nuestra falta de empatía al volante. Es más sencillo señalar al funcionario que aceptar que, muchas veces, nuestra impaciencia es parte del problema.

La movilidad que funciona no cae del cielo ni se impone por decreto. Se construye en el equilibrio entre políticas públicas con rigor técnico y una ciudadanía que entiende que el derecho individual termina donde empieza el riesgo colectivo. Al final del día, no importa si vas a pie, en bici o en coche: el derecho a transitar seguro es universal. Y mientras no comprendamos que la movilidad empieza en la forma en la que decidimos mirarnos y respetarnos en la calle, ninguna obra, por grande que sea, será suficiente. Porque la ciudad no se planea solo con cemento; se planea con humanidad.

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