El tiempo de las reformas ya pasó

ndh
By ndh
8 Min Read

La Habana/Se sube con cuidado al triciclo eléctrico mientras aclara que tiene una rodilla operada. A sus 81 años, cuenta que dedicó toda su vida a entrenar deportistas y que, muchos días, debe elegir entre pagar el transporte o comprar alimentos. “De esas medidas yo no voy a alcanzar a ver ningún resultado”, sentencia sobre el paquete de reformas económicas anunciado esta semana por el oficialismo cubano, que en las calles no logra despertar esperanza ni entusiasmo.

Las jornadas se han vuelto sofocantes en Cuba. De día, el sol castiga sin tregua; de noche, las hogueras de las protestas, alimentadas con montañas de basura, salpican el horizonte de llamaradas. Llego a pie hasta la Facultad de Artes y Letras, donde me gradué hace un cuarto de siglo. El polvo acumulado en los cristales y el silencio que domina los pasillos revelan la parálisis docente que comenzó en febrero pasado. Doblo a la derecha y empiezo a subir la loma que conduce al hospital Calixto García. Junto a la verja del estadio universitario, más de medio centenar de personas intentan repartirse un diminuto trozo de sombra.


“De esas medidas yo no voy a alcanzar a ver ningún resultado”

Algunos sudan bajo el sol; otros se refugian bajo sombrillas. Todos comparten el mismo gesto de fastidio mientras esperan un ómnibus que los lleve a algún punto de una ciudad donde la mayoría de las paradas permanecen vacías. La gente ya perdió la esperanza de que pase alguna ruta, y aquellas imágenes de pasajeros desbordándose como racimos por las puertas de la 22, la 30 o la 195 son cosa del pasado. Si durante el Período Especial los viajeros se salían hasta por las ventanas, ahora muchos ni siquiera intentan trasladarse. Han renunciado a la movilidad.

Cerca de la Facultad de Física, una mujer y su hijo adolescente pernoctan al borde de la acera. Es evidente que llevan varios días allí: han improvisado una cama, cuelgan bolsas de un árbol y han extendido unas mantas sobre las que exhiben objetos rescatados de la basura que intentan vender. Hay cables, una muñeca a la que le falta un brazo y algunos libros. Uno de ellos es un manual de economía socialista, uno de esos textos que nos advertían que el mercado era un tabú y que no se podía construir el comunismo con herramientas del capitalismo.


¿Cuántas termoeléctricas podrían haberse construido con el dinero invertido en este gigante sin huéspedes?

¿Habrá estudiado Miguel Díaz-Canel en un libro como este? Muy probablemente. Sin embargo, esta semana ha insistido en que las nuevas medidas buscan más socialismo, aunque se asemejan más a una hoja de ruta para un capitalismo de amiguetes, donde los futuros oligarcas cubanos serán los mismos que hoy nos piden resistir y apretarnos el cinturón.

Sigo caminando hasta la calle J y acelero el paso rumbo a 25. Cuando me acerco a la Torre K, con su inmensa fealdad de 42 plantas, me invade la desolación del lugar. Ningún taxi recogiendo clientes, ningún ómnibus descargando turistas para disfrutar de las vistas desde las alturas. La calle de acceso está completamente vacía.

¿Cuántas termoeléctricas podrían haberse construido con el dinero invertido en este gigante sin huéspedes?, me pregunto mientras continúo hacia la calle L. Paso frente a una pequeña cafetería donde “todo está caliente porque casi no hemos tenido corriente”, le explica un joven vendedor a una mujer con evidente cara de sed.

“¿Y ahora, con todo esto de las medidas, cómo quedan los inspectores?”, pregunta ella. El paquete de flexibilizaciones ha echado por tierra buena parte de las prohibiciones que alimentaban las multas y las “mordidas” de esos empleados vestidos de azul que se han convertido en el azote de los emprendedores.


“Ellos no tienen tiempo para implementar nada de eso, ni tiempo ni ganas”

Pero el joven no parece compartir el entusiasmo oficial. “Ellos no tienen tiempo para implementar nada de eso, ni tiempo ni ganas”, opina. Mientras algunos medios extranjeros califican las 176 medidas aprobadas por la Asamblea Nacional como “la reforma económica más profunda” emprendida en siete décadas en Cuba, en las calles no cunde el mismo optimismo. Los largos apagones y la dureza de la realidad adormecen cualquier reacción de júbilo.

“Lo que hace falta es que se vayan”, remata la clienta, frustrada, mientras sigue buscando agua fría.

Un niño delgadísimo se me acerca para ofrecerme refresco instantáneo a 60 pesos el paquete. Le doy un billete de 100 y le devuelvo el colorido sobre que puso entre mis manos. La mendicidad y el trabajo infantil están por todas partes. Más adelante, un adolescente toca el violín en la acera, esperando que algún comensal de una cafetería cercana le deje una propina. Dentro del local, todos miran hacia otro lado y fingen no escuchar la melodía que brota de las cuerdas.

Suena mi móvil. Me llaman de casa: “Llegó la luz a las 12:52 y se fue a las 12:58”.

Ya no tenemos comida en el congelador. No vale la pena. Los alimentos se echan a perder durante las largas horas sin corriente y hay que cocinar solo lo que cabe en el plato que se consumirá ese mismo día. Las latas, las conservas y los productos deshidratados suben de precio a la misma velocidad con que los refrigeradores se vuelven objetos cada vez más inútiles. Hace unos días abrí cuatro huevos, uno tras otro, y todos estaban en mal estado. La pérdida superó los 400 pesos.


“Si hubieran hecho todo esto hace décadas, mis niños no habrían tenido que irse, pero ahora ya es tarde”

“Nos van a permitir llevar sombrero ahora que ya no nos queda ni cabeza”, bromea una vecina con la que me tropiezo al regresar a mi edificio. Hace ocho años despidió a su hijo rumbo a la selva del Darién y hace dos vio partir a su hija hacia Uruguay. “Si hubieran hecho todo esto hace décadas, mis niños no habrían tenido que irse, pero ahora ya es tarde”.

El tiempo de las posibles reformas terminó hace mucho.

Pocas horas después, las llamas de la basura acumulada y los cacerolazos de indignación vuelven a “calentar” la noche. En Centro Habana, una mujer arroja maderas y papeles sobre una hoguera que crece sin control. Son hojas que caen y se achicharran casi de inmediato, igual que se han reducido a cenizas unas medidas incapaces de calmar la voracidad popular de un cambio inmediato y total.

DERECHOS DE AUTOR
Esta información pertenece a su autor original y se encuentra en el sitio https://www.14ymedio.com/cuba/tiempo-reformas-paso_1_1127976.html

TAGGED:
Share This Article