Los timbiriches del callejón de la Sacristía se repliegan

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By ndh
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Matanzas/En el callejón de la Sacristía, en Matanzas, hay carritos que parecen esperar tiempos mejores. Bajo sus techos de zinc, entre motocicletas estacionadas y paredes castigadas por la humedad, algunos permanecen cerrados y otros sobreviven con una oferta mínima. El lugar, a espaldas de la catedral de San Carlos Borromeo y a pocos pasos de la calle Medio, conserva el privilegio de estar en el corazón de la ciudad, pero ya no garantiza el flujo de clientes que alguna vez convirtió cada metro cuadrado en un espacio codiciado.

José Alfredo sabe bien cuánto puede costar esa espera. Después de batallar durante casi un año para obtener la autorización del espacio, tiene ahora su puesto móvil arrinconado junto a otros similares. Su proyecto de vender hamburguesas y refrescos ha quedado atrapado entre la falta de proveedores y los apagones. “Solamente comprar el carrito, incluyendo unos arreglos que le hice, me costó 60.000 pesos que no he podido recuperar”, lamenta.

Ha probado casi todo: sacar una extensión eléctrica desde una vivienda cercana, adaptar una balita de gas y cargar diariamente con una nevera para mantener las bebidas lo más frías posible. Nada ha logrado darle estabilidad. “Por una causa u otra no he podido trabajar continuamente ni dos meses. Estoy pagando la patente, el alquiler del lugar a la Oficina del Conservador, a los custodios del Banco para que me cuiden esto por las noches y continúo sin poder estabilizar la venta”.


“Por una causa u otra no he podido trabajar continuamente ni dos meses”

José Alfredo ya se plantea venderlo todo. No sería una rareza en un callejón donde algunos mostradores cerrados comienzan a parecer parte del mobiliario urbano.

Antes de que el dinero se volviera tan esquivo para los bolsillos matanceros, vender cualquier cosa en esta zona era casi una garantía. Su doble acceso al centro histórico mantenía un trasiego constante. “Yo estoy vendiendo pan con minutas en esta misma esquina desde que se acabó la pandemia de covid. En días malos, a las once de la mañana había hecho 3.000 pesos por lo menos. Ahora, pocas veces a las cuatro de la tarde tengo esa suma”, cuenta Roberto desde su pequeña plancha artesanal.

Mantener encendido el fogón es una proeza. Roberto trabaja con seis fuentes distintas de suministro. “A veces ni las mipymes están haciendo pan, escasea el aceite, no hay pescado y hasta el kétchup se pierde. Muchas veces me dan las diez de la noche buscando cosas para poder trabajar al día siguiente”.

La inflación hace el resto. “Si el proveedor me pone la mercancía más cara, no tengo más remedio que subir el precio para ganar algo”. Cuando comenzó, recuerda, el pan con minutas costaba 50 pesos. Ahora lo vende a 250. “Hasta ver a dónde llegamos”.

Bajo sus techos de zinc, entre motocicletas estacionadas y paredes castigadas por la humedad, algunos permanecen cerrados y otros sobreviven con una oferta mínima.
/ 14ymedio

A esa carrera de precios se ha sumado otro sobresalto: la ofensiva de inspectores para hacer cumplir los pagos electrónicos y los precios topados sobre determinados productos básicos. Las multas elevadas han llevado a numerosos comerciantes a replegarse, reducir la oferta o mantener cerrado. Para quienes dependen de proveedores que les venden cada vez más caro, respetar un precio máximo puede significar trabajar con márgenes mínimos o directamente con pérdidas.

En el callejón de la Sacristía se percibe el repliegue. Hay estructuras metálicas vacías, mostradores sin mercancía y vendedores que han cambiado radicalmente de oferta. Manuel es uno de ellos. Lo conocen más como El Chino que por su nombre.

“No se puede mantener nada refrigerado y tampoco hay con qué freír. Entonces, la solución por el momento es vender rositas de maíz y jabas de nailon. La inversión es mínima, así que puedo ir sobreviviendo. Algo es mejor que nada”, explica.


“De vez en cuando pasan a buscar lo suyo para mantener el debido silencio”

Cuenta que su abuelo le enseñó a perseverar, una lección que Manuel aplica ahora al comercio callejero. También ha aprendido a moverse en una zona gris donde las regulaciones cambian y los inspectores, asegura, “de vez en cuando pasan a buscar lo suyo para mantener el debido silencio”.

Alrededor, la estampa resume estos tiempos: una bicicleta apoyada contra una pared, motos entre los puestos, un carrito de pizzas con apenas movimiento y otro negocio que parece haber bajado definitivamente la persiana. Quienes todavía abren deben armarse de paciencia para esperar al cliente. Porque en el callejón de la Sacristía cada carrito cerrado es una inversión inmóvil y cada uno que abre, una apuesta diaria.

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