Málaga (España)/Durante años me desconcertó comprobar que muchos cubanos distinguían sin vacilar entre Yunisdey, Yunisladis y Yulenmis, pero tropezaban al intentar retener Macarena, Almudena o Rosendo. El misterio no estaba solamente en los nombres, sino en la historia: cada generación termina considerando natural aquello que aprende a oír en familia y en sociedad.
No era un problema de capacidad fonológica. Aquellos nombres, extraños para un oído educado en el santoral hispano, habían creado en Cuba un repertorio propio, con terminaciones, combinaciones y regularidades reconocibles. Lo verdaderamente exótico ya no era Yunisladis, sino Almudena.
La Revolución uniformó la escuela, la ropa, el discurso y hasta las aspiraciones, pero dejó el Registro Civil en manos del surrealismo popular. Así pudo aparecer Davisleydi: un nombre en el que un Davis de resonancia anglosajona —y hasta tenística— parece haberse soldado a una lady tropicalizada. Los materiales eran importados; la invención, inequívocamente cubana.
Davisleydi Velazco, Leyanis Pérez y Liadagmis Povea, tres triplistas cubanas, no tienen por qué cargar con interpretación sociológica alguna. Ninguna eligió el nombre que recibió. Pero cada nombre sí puede leerse como un pequeño documento cultural, del mismo modo que un arqueólogo examina una vasija sin responsabilizarla por la civilización que la produjo. La comicidad, si la hay, no debe recaer sobre ellas, sino sobre la historia que consiguió reunir en unas pocas sílabas sonidos rusos o anglosajones, hábitos fonéticos caribeños y el deseo familiar de que una hija no se llamara como ninguna otra.
La historia consiguió reunir en unas pocas sílabas sonidos rusos o anglosajones, hábitos fonéticos caribeños y el deseo familiar de que una hija no se llamara como ninguna otra
Conviene evitar una caricatura retrospectiva. Antes de 1959 no todos los cubanos salían del bautismo llamándose José, María o Caridad, ni la Isla fue nunca una sociedad culturalmente homogénea. En sus nombres convivían lo español, lo africano, lo francés, lo chino, lo hebreo y cuanto había desembarcado en sus puertos. La invención tampoco nació con Fidel Castro. Pero existía un repertorio compartido, transmitido por el santoral, el bautismo, la escuela religiosa, la devoción doméstica y la repetición familiar. Los nombres enlazaban al recién nacido con abuelos, santos, vírgenes, pueblos y relatos que lo precedían.
Samuel Feijóo aporta un testimonio especialmente revelador sobre esa inventiva popular. En Del piropo al dicharacho (1981), al presentar una relación de nombres recogida por la médica Mirta Hermelo en las zonas rurales de Imías y Baracoa, escribió que “los campesinos de montaña son verdaderos creadores de nombres propios”. En ella figuraban Nielvis, Nalvin, Diorvis, Rosmely o Yamilia. Feijóo ordenaba aquella variedad en transformaciones del santoral católico, ecos de antiguas novelas, romances y libros de caballerías, nombres de antepasados españoles, adaptaciones de nombres extranjeros y casos inclasificables. Como el inventario fue publicado en 1981 y no fecha cada ejemplo, no permite presentarlos sin más como nombres prerrevolucionarios; sí deja claro que el laboratorio onomástico cubano no puede reducirse a un mero reflejo de la influencia soviética.
Ahora bien, que aquella inventiva tuviera fuentes diversas no significa que la Revolución dejara intacto el repertorio heredado. No prohibió por decreto a Sebastián ni confiscó todas las Almudenas. Hizo algo más profundo: debilitó los lugares donde aquel repertorio se reproducía. La nacionalización de la enseñanza religiosa, la expulsión o marginación de sacerdotes y religiosas y la promoción oficial del ateísmo redujeron la presencia pública de la Iglesia católica. El santoral perdió una parte de su función como catálogo cotidiano de nombres. Cuba dejaría de definirse constitucionalmente como Estado ateo en 1992, pero para entonces varias generaciones habían crecido bajo otra pedagogía simbólica.
No fue la única causa. También actuaron la urbanización, la moda, la movilidad social, la influencia de otras religiones, la televisión y una secularización que, con ritmos distintos, alcanzó a casi todo el mundo hispano. La peculiaridad cubana estuvo en la velocidad política del proceso y en su coincidencia con la sovietización. No se retiró solamente un repertorio: se ofreció otro. Junto a Fidel, Raúl y Ernesto —multiplicados por la épica oficial— y a los nombres de los mártires de la Revolución, entraron Lenin, Vladimir, Iván y las sonoridades de los camaradas remotos. La Revolución no acabó con la hagiografía; cambió de santos.
/ Ilustración de René de la Nuez
Sin embargo, el pueblo no se limitó a copiar el nuevo catecismo. Lo desarmó y volvió a montarlo. Jaime Sarusky lo vio con extraordinaria agudeza en El arte de poner nombres en Cuba hoy. “Quien nombra retrata al nombrado, pero sobre todo a sí mismo”, escribió. Su inventario muestra que, sobre todo desde los años setenta, la letra Y llegó a reproducirse con una fecundidad que habrían envidiado tanto el plan quinquenal como la Zafra de los Diez Millones. Aparecieron secuencias que parecían soviéticas sin serlo, terminaciones capaces de viajar de una familia a otra y nombres nacidos de telenovelas, ciudades, marcas comerciales, deportistas o simples injertos domésticos.
La lingüista Aurora Camacho documentó parte de aquel taller. Mayren podía reunir a Mayra y René; Lenia, fragmentos de Alejandro y Tania; Adaris, a Ada y Darío; Robelkis, a Roberto y Belkis. También prosperó el procedimiento de leer hacia atrás: Airam devolvía a María, Leunam a Manuel y Odlanyer a Reynaldo, aunque este último necesitara para ello cierta indulgencia ortográfica. Yotuel resolvió el problema por la vía gramatical: yo, tú y él convertidos en una sola criatura. Otros nombres adaptaron al oído cubano expresiones extranjeras, como Yampier a partir de Jean-Pierre, Ihosvany o Yosbani a partir de Giovanni, Nadieska o Nidiieska a partir de Nadia o Nadenka con la terminación rusa -shka, Olnavy desde Old Navy o Usnavy desde US Navy. Entre la genealogía y el jeroglífico quedó abierto un campo ilimitado.
El Registro Civil disponía, al menos sobre el papel, de un filtro. La Ley 51 de 1985 permitía escoger libremente hasta dos nombres, pero añadía que debían corresponderse con “el desarrollo educacional y cultural del pueblo y sus tradiciones”. La norma, sin embargo, no prohibía inventarlos ni fijaba un repertorio de nombres admisibles. Todo dependía de qué entendiera cada registrador por cultura y tradición. Y cuando aquellas combinaciones ya circulaban por escuelas, barrios y centros de trabajo, podían parecer menos una anomalía que una manifestación —para bien o para mal— de la cultura realmente existente. La ley era nacional; el oído, municipal.
Desde los años setenta, la letra ‘Y’ llegó a reproducirse con una fecundidad que habrían envidiado tanto el plan quinquenal como la Zafra de los Diez Millones
Aurora Camacho recuerda que durante un tiempo no se permitía inscribir tal cual los nombres extranjeros, si bien ella misma subraya la ambigüedad de aquella regulación. No he localizado la disposición concreta ni sé con qué uniformidad se aplicó. Sí he conocido, en cambio, un caso que parece encajar en esa práctica. Una amistad cubana llamada Elizabeth había recibido su nombre —de grafía inglesa y cierta resonancia regia— en la etapa anterior evocada por Sarusky: la de las Marilyn por Monroe, las Greta por Garbo, las Marlene por Dietrich o los Alain por Delon. Muchas familias buscaban entonces en el cine, la celebridad o cierta ilusión de abolengo nombres con los que distinguir a sus hijos. Cuando le llegó el turno de nombrar a su propia hija, Elizabeth prolongó aquella búsqueda de singularidad: quiso llamarla Heidy, variante ya retocada del alemán Heidi. En el Registro le aceptaron el sonido, pero no la grafía: quedó inscrita como Geidy. El caso no permite discernir cuánto hubo de directriz general y cuánto de criterio particular del funcionario. La burocracia quiso domesticar un extranjerismo y acabó enriqueciendo la fauna onomástica cubana con una nueva especie.
La televisión también hizo lo suyo. En un país que vigilaba las influencias ideológicas, una telenovela podía introducir de contrabando un repertorio onomástico entero. Una heroína melodramática, un futbolista, una ciudad lejana o una palabra divisada en una camiseta bastaban para producir descendencia nominal. Hasta el “enemigo” norteamericano entraba por el Registro Civil convertido en sonido prestigioso. La frontera política era severa; la frontera fonológica, bastante más distraída.
Sería complaciente celebrar solamente la creatividad. La inventiva también puede brotar de un vacío. Cuando se pierde familiaridad con el santoral, la historia o la literatura que sostenían una tradición onomástica, la creatividad para inventar nombres no compensa por sí sola la penosa pérdida de un repertorio cultural compartido. Algunos de aquellos nombres revelan abundancia de influencias; otros, una ruptura cultural. Pero llamarlo sin más “incultura” tampoco basta. Incluso el empobrecimiento crea reglas, modas y competencias propias. Fue, más exactamente, una cultura nueva nacida en parte del desmantelamiento de otra.
Aquí resulta más preciso Fernando Ortiz que cualquier manual de propaganda. Ortiz llamó transculturación al proceso por el cual una cultura no se limita a perder unos elementos y adoptar otros, sino que de esa pérdida y esa incorporación crea algo nuevo. El concepto explica mejor estos nombres que la simple idea de aculturación. El castrismo pudo aspirar a una deculturación selectiva: reducir las continuidades hispanas, católicas y republicanas, reemplazarlas por mitos revolucionarios y acercar simbólicamente la Isla al universo soviético. Pero ninguna sociedad se rehace desde cero por decreto. La cubana mezcló lo impuesto con lo recordado, lo visto y oído en el televisor con lo familiar y lo extranjero con sus propias preferencias sonoras.
En una sociedad donde la libreta, el uniforme, la consigna y la cola igualaban a todos —más bien, a casi todos—, el nombre podía funcionar como una pequeña propiedad privada
El resultado no fue ruso, español ni norteamericano, sino cubano: un “ajiaco” de sílabas —utilizando el mismo término que empleó Ortiz—. El Estado aportó a Lenin; Cuba le añadió de la Caridad: Lenin de la Caridad. La Revolución no logró vaciar la cultura anterior y escribir encima sin borrones. La empujó, la fragmentó y la mezcló con materiales nuevos hasta que regresó bajo formas que ningún ideólogo habría podido planificar.
Hay, además, una paradoja política deliciosa. Mientras el Estado exaltaba lo colectivo, muchas familias buscaban para sus hijos un nombre absolutamente singular. En una sociedad donde la libreta, el uniforme, la consigna y la cola igualaban a todos —más bien, a casi todos—, el nombre podía funcionar como una pequeña propiedad privada. Tal vez no fuera posible elegir el destino, pero todavía se podía inventar la “etiqueta”. Cada combinación irrepetible proclamaba, con mayor o menor fortuna estética, que aquel niño —hembra o varón— no sería uno más.
Mi deformación profesional me llevó a buscar una explicación psicolingüística. Para mí —y también para algunos maestros cubanos de generaciones anteriores— nombres como Yunisladis, Yulaisy, Liadagmis o Davisleydi podían parecer cadenas caprichosas de sonidos, difíciles de fijar. Quienes habían crecido oyéndolos, en cambio, no tenían que aprenderlos desde cero. La repetición de comienzos como Yuni- o Yus- y de terminaciones como -leydi, -leidis, -ladis o -elkis fue convirtiéndolos en componentes subléxicos: fragmentos menores que el nombre completo, sin un significado estable, pero familiares y combinables. El cerebro extrae regularidades de lo que escucha y las utiliza para segmentar, reconocer y retener formas nuevas. Así fue configurándose, no un diccionario independiente, sino un vecindario onomástico cubano dentro del cual una invención podía empezar a “sonar a nombre” antes incluso de haber sido escuchada.
En los nombres propios, además, la familiaridad resulta especialmente importante. Mientras un nombre común se integra en una red de significados relacionados, el nombre propio funciona fundamentalmente como una etiqueta vinculada a un individuo: nada en el rostro, el carácter o la profesión de una persona permite adivinar cómo se llama. La repetición, la relevancia personal, la frecuencia dentro del grupo y la adquisición temprana fortalecen esa asociación. Por eso, para quien había crecido oyendo determinadas combinaciones, Davisleydi podía resultar más fácil de retener que Almudena o Rosendo. Estos últimos contaban con siglos de tradición; Davisleydi, con algo cognitivamente más inmediato: fragmentos silábicos recurrentes y vecinos fonológicos familiares.
La Revolución quiso fabricar al Hombre Nuevo. Los cubanos de a pie, más modestos e imaginativos, se limitaron a ponerle un nombre que nadie hubiera oído antes
No conozco ningún experimento que haya comparado directamente estas dos familias de nombres entre distintas generaciones de cubanos. La explicación es, por tanto, una hipótesis fundada en mecanismos generales del procesamiento lingüístico: aprendizaje estadístico, familiaridad, probabilidad fonotáctica —es decir, hasta qué punto determinadas combinaciones de sonidos son frecuentes y esperables dentro de una lengua— y acceso a los nombres propios, no en una peculiaridad cerebral del cubano. Una secuencia de sonidos no es rara por naturaleza: nos resulta extraña o familiar según el repertorio desde el que la escuchamos. El cerebro no consulta el santoral; calcula probabilidades.
Naturalmente, todo aquello se convirtió también en materia de choteo. El cubano posee un oído implacable para detectar la solemnidad que se ha pasado una parada y una velocidad admirable para convertirla en apodo. Los nombres “revolucionarios” ofrecían una cantera perfecta. Pero el choteo, como tantas veces, podía iluminar la incongruencia o limitarse a castigar a quien la llevaba escrita en el carné de identidad. La sátira más justa no se dirige contra Davisleydi, Yunisdey o Yotuel, sino contra las circunstancias que hicieron de sus nombres un resumen involuntario del país.
Ante este repertorio resulta inevitable pensar en Eladio Secades. El autor de las Estampas habría comprendido que aquellas invenciones no eran simples extravagancias fonéticas: cada una encerraba una pequeña biografía nacional. Le habría bastado sentarse junto a una oficina del Registro Civil para encontrar material de sobra. Donde un funcionario veía una planilla, Secades habría visto a Cuba intentando distinguirse de sí misma.
Los nombres propios son fósiles diminutos de una época todavía viva. Conservan la retirada del santoral, la llegada de la Unión Soviética, el prestigio clandestino de Estados Unidos, el imperio sentimental de las telenovelas, la libertad combinatoria de las familias y la extraordinaria capacidad cubana para apropiarse de cualquier sonido y devolverlo transformado. También muestran que ninguna ingeniería cultural obtiene exactamente el ciudadano que diseñó.
La Revolución quiso fabricar al Hombre Nuevo. Los cubanos de a pie, más modestos e imaginativos, se limitaron a ponerle un nombre que nadie hubiera oído antes.
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