Matanzas/El hombre que hoy entra al Hotel Velasco como un visitante cualquiera pasó diez años detrás del buró de madera tallada de la recepción, contestando el teléfono y atendiendo a los huéspedes. No abandonó aquella silla por voluntad propia. Una reducción de plantilla hizo añicos su licenciatura en Turismo y la experiencia acumulada anteriormente en instalaciones hoteleras de Varadero.
“Después de haber servido casi dos décadas en el sector, me despidieron con la oferta de que fuera a trabajar al Zoológico Watkins limpiándole las jaulas a los animales. Dígame si eso no es faltarme el respeto”, lamenta David, con el nombre cambiado para evitar represalias.
Camina por el piso de granito del lobby, impecable y casi vacío. No hay extranjeros bajando maletas de un ómnibus de Transtur ni viajeros haciendo cola para registrarse. Sobre la recepción, cuatro estrellas doradas recuerdan la categoría del establecimiento y tres relojes parecen empeñados en marcar las horas para huéspedes que no llegan.
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El Velasco, frente a la Plaza de la Libertad, forma parte del paisaje sentimental de Matanzas. La propiedad fue adquirida por Luis Velasco Zorrilla en 1902 y seis años después abrió como hotel. En sus mejores épocas, su café, restaurante y habitaciones hicieron del inmueble uno de los alojamientos emblemáticos del centro de la ciudad.
Ahora su quietud resume un problema nacional. En junio llegaron a Cuba apenas 28.100 viajeros internacionales, por debajo incluso de los 35.795 registrados en junio de 2021, en plena pandemia. En el primer semestre arribaron 699.878, un 48,7% de los 1.364.400 contabilizados en igual período de 2025. Casi la mitad de quienes llegaron en junio eran cubanos residentes en el exterior.
En julio hubo una leve subida, hasta 32.272 viajeros, pero la cifra fue un 71% inferior a la del mismo mes de 2025 y un 92% menor que la de julio de 2018.
La debacle alcanza ahora a quienes durante décadas pertenecieron a una aristocracia obrera muy particular. Conseguir una plaza en Turismo significaba acercarse a las propinas, las divisas y productos que para un maestro, un médico o un trabajador de Comunales eran prácticamente inalcanzables.
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También era un sector especialmente controlado. Hasta la entrada en vigor este septiembre del Decreto-Ley 128, las empresas extranjeras no podían contratar directamente a sus empleados cubanos y debían hacerlo mediante entidades empleadoras estatales. La nueva norma, incluida entre las 176 transformaciones económicas y sociales aprobadas en junio, elimina esa intermediación obligatoria para empresas mixtas y de capital totalmente extranjero.
Durante años, los criterios de selección incluyeron no solo requisitos laborales, sino evaluaciones de conducta laboral y social, un mecanismo que favoreció la presencia de personal considerado políticamente confiable.
Debajo de la misma lámpara que David evitaba encender durante sus turnos nocturnos para ahorrar electricidad, le entregaron la notificación de que quedaba “interrupto”, el eufemismo oficial para “desempleado”. “Presenté una queja al sindicato. También escribí a Gran Caribe, con copia al Mintur, al Gobierno y al Partido. ¿Qué hicieron con mi trayectoria? Estrujarla como una servilleta y echarla en el cesto”.
Mailé tampoco se salvó. Vinculada al servicio de habitaciones, fue enviada a casa en abril y, pasado el primer mes, quedó sin garantía salarial. “Gracias a la propina de algunos huéspedes podía comprarle los pampers a mi madre, que está encamada. Terminaba con los pies inflamados de tantas horas de pie, pero veía el resultado de mi sacrificio”.
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A la derecha del lobby, la barra luce abastecida de botellas, pero faltan clientes y hasta café. Un bartender habla en voz baja mientras prepara un cóctel con lo indispensable. “Cuando te sacan del juego, al instante dejaste de existir”.
Asegura que no aceptará un puesto en Comunales. “Es un oficio digno, pero yo no estudié para terminar como barrendero en la calle Medio”. Sus compañeros bromean con la posibilidad de preparar tragos desde casa, aludiendo con ironía al impulso oficial al trabajo a distancia.
“Si los turistas siguen perdidos, con medio turno bastará para atender todo el hotel. Esto parece el desierto del Sahara”, remata señalando las mesas vacías.
David mira por última vez hacia la recepción. Los diplomas y certificaciones que antes le provocaban orgullo ahora parecen pertenecer a otra vida.
“Los turistas pueden llegar mañana si quieren”, dice. “El que no regresa soy yo”.
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