La exposición de papalotes, que aterrizó en febrero en el corazón del Centro Histórico, todavía estará abierta hasta el 5 de abril para mostrar cómo el papel de China y el carrizo desafían las leyes de la gravedad y están cargados de simbolismos.
Este año, el Concurso de Papalotes del MAP, ha convocado a artesanos que son, en realidad, ingenieros de la fantasía. Al entrar al patio del MAP, uno se siente pequeño bajo una lluvia suspendida de figuras que alcanzan hasta los seis metros de largo.
Pero para entender por qué nos conmueve tanto un trozo de papel amarrado a un hilo, hay que rebobinar la cinta de la historia. Como periodista, siempre me ha fascinado el hecho de que el papalote no nació para el juego, sino para la guerra y la ciencia.
Incluso se cuenta que algunos eran tan grandes que podían elevar a un observador para espiar las posiciones enemigas desde las alturas, convirtiéndose en los tatarabuelos de los drones modernos.
Con el tiempo, el papalote cruzó océanos y fronteras, transformándose en cada puerto. Al llegar a nuestras tierras, el ingenio mexicano le dio un nombre que es pura poesía: papalotl, que en náhuatl significa mariposa.
En la historia de la ciencia, el papalote ha sido un aliado silencioso pero indispensable. Todos recordamos la estampa de Benjamin Franklin y su llave bajo la tormenta en 1752, un experimento que, aunque peligroso, sentó las bases para entender la electricidad.
Aquí en México, preferimos la contemplación y el detalle; nuestros artesanos de Puebla o del Estado de México compiten por quién logra el calado más fino en el papel, creando encajes que sólo el sol puede revelar plenamente.
La exposición en el Museo de Arte Popular es un recordatorio de que la fragilidad es una forma de fuerza. Ver esas estructuras de bambú y pegamento resistir el aire es una lección de vida para cualquiera, especialmente para quienes ya sumamos décadas.
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