Madrid/Hay libros que envejecen mal y funcionarios que envejecen peor. El humor de Misha, de Abel Prieto, pertenece a esa rara categoría de textos que, treinta años después, terminan explicando mejor aquello que su autor pretendió omitir.
Publicado originalmente en 1997 y reeditado este agosto en La Habana –para la desinflada Feria del Libro–, el ensayo estudia el chiste político en el antiguo bloque socialista. Prieto rastrea bromas sobre el Kremlin, la burocracia, la escasez, los dirigentes y el absurdo cotidiano para demostrar que el humor había detectado mucho antes que los politólogos la descomposición del llamado socialismo real. La idea no parecía mala. Lo malo es que nunca se le haya ocurrido aplicarla en casa.
Porque si los chistes sobre Brezhnev servían para medir la pérdida de fe de los soviéticos, habría que preguntarse qué dicen los chistes que circulan hoy por Cuba. Qué significa que en una cola, en un apagón o durante un espectáculo de humor baste una palabra, una pausa o una mirada para que cientos de personas entiendan exactamente de qué y de quién se está hablando.
El régimen puede ordenar un acto de repudio, una marcha, una portada de ‘Granma’ o un tuitazo para las ciberclarias. Lo que no puede ordenar es una carcajada
El humor cubano funciona desde hace años como una especie de plebiscito instantáneo. El humorista no necesita explicar demasiado. De hecho, su instinto de supervivencia le grita que ni siquiera puede hacerlo. Basta con mencionar “la coyuntura”, “los factores objetivos”, “el ordenamiento” o cualquier otra pieza del idioma oficial para que el público complete por su cuenta el resto del chiste.
Precisamente por eso las autoridades llevan años intentando “orientar” la risa. Y el esfuerzo resulta casi enternecedor. La prensa oficial publica caricaturas contra Trump, el bloqueo, Miami, Marco Rubio y cualquier villano exterior disponible en el catálogo. Dibujan al Tío Sam con colmillos, bolsas de dólares, bombas, sombrero de barras y estrellas y expresión maligna. Algún que otro humorista con carné del Partido insiste en que el pollo no llega por culpa del bloqueo. El público mira y escucha con indiferencia. Y después se ríe de otra cosa.
El régimen puede ordenar un acto de repudio, una marcha, una portada de Granma o un tuitazo para las ciberclarias. Lo que no puede ordenar es una carcajada. El público conoce de sobra quiénes son los que llevan más de seis décadas prometiendo un futuro mejor, mientras la utopía corre despavorida cuando la nombran. Y esa es la dimensión profundamente subversiva del humor cubano.
En un teatro lleno, cuando el humorista roza el límite y el público estalla, ocurre algo políticamente poderoso: cientos de personas descubren al mismo tiempo que no están solas en lo que piensan
La censura obligó a perfeccionar los códigos. El humorista aprendió a dejar espacios vacíos y el público aprendió a llenarlos. Una ceja levantada podía sustituir un nombre. Una pausa podía reemplazar un discurso entero. La frase “ustedes saben quién” terminaba siendo mucho más eficaz que cualquier denuncia explícita.
Ese mecanismo crea una comunidad instantánea. En un teatro lleno, cuando el humorista roza el límite y el público estalla, ocurre algo políticamente poderoso: cientos de personas descubren al mismo tiempo que no están solas en lo que piensan.
Por eso programas como Sabadazo, Deja que yo te cuente o Vivir del cuento llegaron a ser durante años algunos de los espacios más políticos de la televisión cubana. Sus personajes no necesitaban mencionar al Comité Central: les bastaba con intentar sobrevivir y dejar que la realidad hiciera el resto. Tal vez no sea casualidad que la parrilla televisiva se haya puesto hoy tan seria. A lo mejor también la programación recibió orientaciones.
Prieto lleva años preocupado por la “colonización cultural”. Sin embargo, él mismo parece condenado a orbitar alrededor de una metrópoli ya extinta
El humor cubano posee además una crueldad democrática que Abel Prieto parece haber entendido perfectamente en Moscú, pero no en La Habana. Se ríe del burócrata, del dirigente que habla demasiado, del funcionario inepto, del jefe que explica el fracaso con palabras cada vez más largas. Y Prieto pertenece de lleno a esa misma fauna.
El ex ministro y ex asesor del Gobierno lleva años preocupado por la “colonización cultural”, por Beyoncé, Shakira, Sylvester Stallone y los mecanismos mediante los cuales el imperialismo supuestamente organiza nuestros deseos. Sin embargo, él mismo parece condenado a orbitar alrededor de una metrópoli ya extinta. Su larguísima novela Viajes de Miguel Luna padece también ese síndrome de Sputnik: da vueltas y vueltas sin conseguir desprenderse de la gravedad moscovita. El cubano, en cambio, no necesita que Hollywood le explique de quién reírse cuando escucha un discurso de Díaz-Canel.
La realidad cubana produce lo absurdo a una velocidad industrial. Quizás por eso resulta tan reveladora la reedición de El humor de Misha. Todo eso que Prieto detectó en Moscú, y más, ocurre hoy en Cuba. Solo que Misha ahora puede ser La Machi. Y La Habana le queda mucho más cerca que el Kremlin, aunque siga mirando hacia Moscú.
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