Me detengo a pensar en cómo, desde que el primer ser humano dejó la huella de su mano en una cueva, hemos sentido esa necesidad casi biológica de plasmar nuestra existencia a lo largo del tiempo.
El autorretrato, esa vertiente de la plástica que tanto nos fascina, no es simplemente el acto de copiar los rasgos físicos frente a un espejo, sino un ejercicio de introspección y una construcción de identidad para desafiar nuestra propia finitud.
Incluso la llegada de la fotografía, con pioneros como Robert Cornelius, nos trajo una inmediatez que luego artistas como Cindy Sherman usarían para cuestionar si el rostro es una verdad o una simple máscara.
Bajo la curaduría de Claudia Murrieta Valladares, la muestra despliega 41 obras que transitan entre la pintura, la escultura y la fotografía, uniendo a 37 artistas en un diálogo fascinante entre la técnica y el rol social.
Hay una honestidad punzante en las obras de Nahúm B. Zenil o Sandra del Pilar, que nos recuerdan que el artista es, ante todo, un ser humano.
Lo que comenzó como una propuesta de grandes maestros como David Alfaro Siqueiros se ha convertido en uno de los acervos de arte contemporáneo más importantes de México, permitiendo que el Estado resguarde el pulso creativo de la nación.
Esta generosidad institucional nos regala una colección que no es sólo un inventario de bienes, sino un testimonio vivo de la evolución estética de nuestro país a través de las décadas.
Esta exhibición es una cartografía de nuestra condición humana capturada en el patrimonio de México, un recordatorio de que el “yo” es siempre un puente hacia el “nosotros”.
No dejen de ir, queridos lectores, la cita es en el Museo de Arte de la SHCP, ubicado en Moneda 4, justo en el corazón de nuestro Centro Histórico.
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