El automóvil como un enfermo crónico

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By ndh
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Matanzas/El médico intensivista Gustavo acaba de terminar su trabajo en el hospital, pero todavía le queda otra jornada por delante. Esta vez no llevará una bata blanca ni tendrá que atender pacientes graves. Se sentará al timón de su Lada para trasladar a unos clientes desde Matanzas hasta La Habana. En el asiento delantero ha colocado un termo de café, imprescindible para espantar el sueño durante el trayecto.

Sobre el parabrisas relucen dos escobillas recién estrenadas. “Me costaron 12 dólares. Los cogí en ese precio porque me los vendió un señor que fue paciente mío. Si los busco en los grupos de Facebook, están a 15 y a 20 también”, explica. En la Cuba de hoy, hasta los limpiaparabrisas pueden convertirse en un lujo, especialmente para alguien que cobra 7.200 pesos mensuales.

Gustavo heredó el automóvil de su padre y, para conservarlo, ha tenido que convertirlo en su segundo medio de vida. “Si dependiera del salario del hospital, ya esta máquina estuviera vendida o tirada en un garaje”, asegura. Durante los últimos cinco años ha aprendido mecánica, realizado pequeñas soldaduras y solucionado desperfectos que antes habría confiado a un especialista.

En la Cuba de hoy, hasta los limpiaparabrisas pueden convertirse en un lujo.
/ 14ymedio

“Entras a un taller particular por una pequeña cosa y te cobran cualquier cantidad de dinero”, lamenta. A la escasez de piezas se suman los precios disparados, las reparaciones deficientes y el riesgo de comprar un repuesto usado que termine durando menos que el viaje de regreso a casa.

Con 26 años de experiencia como intensivista, Gustavo aplica al automóvil una regla aprendida en el hospital: atajar cualquier síntoma antes de que se agrave. “Un carro es como una persona, que si no se atiende el problema a tiempo, puede enfermar y morir”, sentencia.

Cada traslado al aeropuerto o a una embajada en La Habana puede reportarle 150 dólares. No todo queda en su bolsillo: hay que descontar la gasolina, reservar dinero para las necesidades domésticas y alimentar una alcancía destinada a las próximas averías.

En las calles matanceras, mantener un automóvil particular sin ponerlo a producir se ha convertido en una extravagancia.
En las calles matanceras, mantener un automóvil particular sin ponerlo a producir se ha convertido en una extravagancia.
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Ahora necesita cambiar la caja de velocidades. Ya localizó una por 90 dólares y calcula que podrá comprarla después de un par de viajes. Mientras conversa, confirma por WhatsApp otro servicio al aeropuerto de Varadero. No está en condiciones de rechazar clientes, aunque algunas carreras apenas dejen ganancias.

En las calles matanceras, mantener un automóvil particular sin ponerlo a producir se ha convertido en una extravagancia. Los viejos Lada soviéticos comparten el asfalto con almendrones estadounidenses que han sobrevivido gracias a una interminable sucesión de injertos mecánicos.

El Chevrolet de 1952 de Nelson, por ejemplo, funciona con un motor Ford y una bomba de transferencia de combustible rescatada de un Cadillac desarmado. “Hay que tener una fábrica de billetes verdes para mantener a estos bichos rodando. Con pesos cubanos ya no se encuentra ni un tubo de silicona para un cristal roto”, protesta.

La máquina arranca, ronronea unos segundos y vuelve a apagarse. Nelson aprovecha la pendiente de su calle para sacarla diariamente del garaje, recorrer unas cuadras y dejarla estacionada cuesta abajo. “Es la batería que ya no da más, pero de dónde voy a sacar 600 dólares para comprarme una nueva”, lamenta.

Basta una avería, una pieza defectuosa o un mecánico inescrupuloso para que el vehículo termine convertido en chatarra.
Basta una avería, una pieza defectuosa o un mecánico inescrupuloso para que el vehículo termine convertido en chatarra.
/ 14ymedio

Tampoco las gomas resisten indefinidamente los baches. En el mercado informal, una puede costar 35 dólares: 140 por las cuatro, sin contar la de repuesto. Nelson consiguió dos llantas traseras usadas a 100 dólares cada una, gracias al dinero enviado por su hijo.

Jubilado de la industria pesquera, mantenía el Chevrolet trabajando como taxi arrendado entre Peñas Altas y el Hospital Provincial, hasta que surgieron desacuerdos con el chófer. Ahora duda entre alquilarlo nuevamente o venderlo.

Bajo el sol del barrio de Simpson, la pintura que alguna vez fue azul cielo exhibe sus décadas de desgaste. En otras calles, los impecables autos recién importados circulan con apuro, mientras algún automóvil desmantelado permanece junto a una fachada descascarada, reducido a una carrocería sin ruedas.

La imagen resume una amenaza que conocen todos los propietarios: basta una avería, una pieza defectuosa o un mecánico inescrupuloso para que el vehículo termine convertido en chatarra.

“Si finalmente decido venderlo, al menos le podré sacar el costo”, calcula Nelson sobre las llantas recién compradas. Gustavo, entretanto, vuelve al hospital después de sus viajes. Uno intenta salvar su Chevrolet; el otro, conservar el Lada familiar. Ambos saben que, en Matanzas, tener automóvil ya no significa necesariamente poder moverse.

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