Las grandes traiciones de Pedro Sánchez

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By ndh
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San Salvador/Finalmente, luego de romper todos los récords de descaro político, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, tomó la decisión de disolver las Cortes y convocar a elecciones para los últimos días del próximo mes de noviembre. El fraccionamiento de su indigesta coalición de partidos, formada en 2023 a contrapelo de la decisión de los votantes, se descalabró por fin bajo el peso abrumador de la realidad.

Y es que aquello, bien mirado, no daba para más. Las grandes traiciones de Sánchez, acumuladas sobre la espina dorsal del país, han terminado produciendo el quiebre que amenaza su continuidad en el Palacio de la Moncloa. Si ya la persistencia cansa, la infame contumacia en el poder solo puede producir adefesios.

El gobernante Partido Socialista Obrero Español (Psoe) tiene ahora todas las encuestas en contra. La abrupta entrada de decenas de miles de marroquíes en Ceuta, hace unos meses, le complica el panorama electoral tanto como podría hacerlo la inocultable crisis habitacional, dramáticamente humanizada por el caso de una anciana, Maricarmen Abascal, que fue obligada a salir de su piso madrileño con 87 años a cuestas.


El presidente del Gobierno quisiera que estos asuntos tan feos no le salpicaran, pero eso es imposible tras ocho años de obstinado alargue en la misma silla

El presidente del Gobierno quisiera que estos asuntos tan feos no le salpicaran, pero eso es imposible tras ocho años de obstinado alargue en la misma silla. Hoy sufre Pedro Sánchez las consecuencias directas de su propia forma de plantear la política como un arte de mera sobrevivencia.

El lío de la vivienda asequible, al menos en España, lleva mucho tiempo cebándose en la clase media. Tratar de responsabilizar a la oposición de este delicado tema es otro de los actos de prestidigitación que los ciudadanos ya no parecen dispuestos a tolerarle al Psoe.

Lo de Ceuta, igual. El Gobierno carece de autoridad moral para escurrirse de un problema que se ha visto agravado por su negligencia y, a veces, también por sus acciones. Sánchez ha procrastinado con la situación de Marruecos todo lo que ha querido, promoviendo al mismo tiempo una inconveniente agenda de regularización migratoria masiva. Tamaña incongruencia, en cualquier punto fronterizo, iba a estallarle tarde o temprano.

A las crisis anteriores se suma un rosario de escándalos de corrupción que ya pusieron tras las rejas a varios líderes del Psoe, incluyendo a dos de los más altos cargos de la estructura partidaria. El entramado es una mezcla pestilente de contratos amañados, tráfico de influencias, rescates millonarios, aprovechamiento de emergencias sanitarias e intentos mafiosos de obstaculizar la justicia. Como ya se ha señalado en esta columna, la implicación legal del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero en varios de estos contubernios no hace sino confirmar el carácter transnacional del ecosistema corrupto instalado en la política española.

Con tantos frentes abiertos a la vez, Pedro Sánchez ha creído que quizá su única oportunidad para evitar el desastre total sea adelantar elecciones, esperando que la movilización social por los desahucios habitacionales le permita disfrazarse de indignado y antes de que los tribunales, aglomerando testigos e imputados, sigan exhibiendo la podredumbre oficialista a punta de titulares.


El hambre de soluciones permanecerá incólume, junto a la demanda continua de inteligencia y creatividad para definir esas soluciones, buscar los necesarios consensos, sortear las previsibles trampas y ejecutar las consiguientes aplicaciones

Pero todo lo anterior, si bien explica el derrumbe del Psoe, también muestra la sobrecarga de veneno inyectada en su herencia política. Gracias a no haber arreglado uno solo de los grandes problemas de España, los ocho años de sanchismo han conseguido empeorar las cosas hasta rozar los límites. Si Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, consigue formar gobierno uniendo fuerzas con Vox, esa formación ultraconservadora, lo que llegará a sus manos será un ramillete de bombas de relojería. Nadie le dará tregua.

Los perdedores del 29 de noviembre, además, se encargarán de mantener encendidas las calles, estirando al máximo ese enfado que los españoles están comenzando a expresar. Porque, como ya sabemos, la plaza pública se convierte en la oficina del socialista desalojado del poder; desestabilizar es la principal de sus tareas cuando ha perdido, por inepto, la responsabilidad de gobernar.

Mientras tanto, el hambre de soluciones permanecerá incólume, junto a la demanda continua de inteligencia y creatividad para definir esas soluciones, buscar los necesarios consensos, sortear las previsibles trampas y ejecutar las consiguientes aplicaciones. Porque la deuda del país seguirá por las nubes, la necesidad de vivienda continuará elevada y la ebullición se prolongará todavía algún tiempo en los enclaves fronterizos con Marruecos.

Y otras atávicas cuestiones, como los forcejeos autonómicos, reclamarán de nuevo la atención. No se olvide que el nacionalismo, al decir del periodista Alfredo Urdaci, “es como el león: la única manera de satisfacerlo es dejándole que te coma”.

Pero volviendo al embrollado Pedro Sánchez, es indudable que sus cálculos van más allá de las próximas elecciones. Necesita con urgencia mantenerse como líder indiscutible de una futura oposición esmerada en convertir el paso gubernamental del PP y Vox en un fracasado paréntesis. Hasta eso, sin embargo, podría salirle mal –de hecho, bastante mal– si las urnas llegaran a confirmar el enorme repudio que hoy le escupen los sondeos de opinión.

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