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Nuestra estupidez intelectual – 14ymedio

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No hay mayor estúpido que el idiota que se cree intelectual. Y en esta crítica, por supuesto, me incluyo. Cuando comencé a hacer activismo creí, de manera elitista, que donde otros habían fracasado yo podría tener éxito. Pensé que mientras mayor IQ reuniera un movimiento, mayores serían sus oportunidades de triunfar. Supuse que, mientras más nombres ilustres aparecieran en la lista, más personas estarían dispuestas a sumarse. Olvidé que la mayoría de nuestros mambises eran analfabetos.

Durante los últimos dos años en Cuba, la resistencia y la lucha por el cambio han estado protagonizadas, sobre todo, por la gente más pobre y menos ilustrada. Las réplicas más significativas del 11J han ocurrido en zonas marginadas, distantes de las capitales, y no han sido lideradas por ningún sesudo. Los poquísimos doctos que han tenido una actitud valerosa y digna han sufrido una soledad durísima, más allá del metaverso.

Por otra parte, la dictadura ha seguido contando con el apoyo fáctico de decenas de miles de artistas e intelectuales ambidiestros que, sí, sueltan alguna crítica de vez en cuando, siguiendo esa ley no escrita de “una de cal y otra de arena”. Pero luego firman juramentos de lealtad al régimen, asisten a marchas y actos oficialistas, o siguen militando en la Uneac y la AHS, organizaciones que existen declarada y descaradamente para vigilar y controlar a los creadores, no para promover sus obras ni la cabeza de un guanajo.

¿Por qué los casos excepcionales, como la Asamblea de Cineastas, dan vueltas en círculo, rumiando las mismas declaraciones y los mismos discursos?

¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué los gremios culturales y académicos en Cuba no han sabido, no han podido o no han querido articularse de manera efectiva para intentar cambiar las cosas? ¿Por qué, en lugar de suplicar espacios de independencia, no se atreven a conquistarlos? ¿Por qué los casos excepcionales, como la Asamblea de Cineastas, dan vueltas en círculo, rumiando las mismas declaraciones y los mismos discursos, como el ganado que se dirige inexorablemente al matadero, sin llegar a salirse nunca del corral?

Desde que Fidel Castro lanzó su ultimátum conocido como Palabras a los intelectuales, ya la Seguridad del Estado planeó meticulosamente cómo mantenernos subyugados. Utilizarían nuestro propio ego, nuestra ilustradísima banalidad, nuestros celos y envidias, nuestro afán de protagonismo, nuestra ambigüedad, nuestra contradictoria mentalidad de rebaño. Sus tácticas y estrategias iban desde el halago, nombrando vacas sagradas y becerros de oro, hasta el sacrificio de algún ejemplar, enfrente de todos, como escarmiento. Normalizamos el uso de máscaras y el abuso de alegorías.

Resulta tan triste y tan ingenuo cuando un artista alardea de haberse defendido frente a sus inquisidores diciendo: “Mi obra no dice eso, es usted quien lo interpreta así”. Es tan, pero tan penoso tener que esconderse detrás de un personaje para decir aquello que no nos atrevemos a gritar nosotros mismos.

Es tan, pero tan penoso tener que esconderse detrás de un personaje para decir aquello que no nos atrevemos a gritar nosotros mismos

Cuando un intelectual presupuestado pide la palabra en alguna reunión, se pregunta primero si ese será el momento y el lugar adecuados para decir lo que piensa. Luego arranca su discurso aclarando que él (o ella) sí que es un “verdadero revolucionario”, y que sus críticas son, por supuesto, “desde dentro”. Eso se llama, en el manual del sobaco ilustrado, poner el parche antes del hueco. Más adelante, el sujeto se arma de valor y lanza sus más descarnadas críticas, pero nunca contra la enfermedad, solo contra los síntomas.

Los que tienen experiencia en ese tipo de asambleas de desahogo saben muy bien que la gorda cúpula disfruta muchísimo cuando los ataques son lanzados contra algún funcionario de menor rango. Es la oportunidad perfecta para hacer un despliegue de poder, demagogia y populismo. Dejarán en ridículo al pez flaco, aunque el origen de su culpa haya sido una orden venida desde las alturas o parte endémica del Sistema.

El intelectual mediocre se beneficia con el sacrificio, la caída en desgracia o el exilio de sus contemporáneos, porque esa es su oportunidad para alcanzar lo que antes nunca pudo conseguir. Por eso casi todos los premios y concursos de la Isla dejan fuera a los cubanos exiliados, porque sus propios colegas dentro del país no quieren competencia. Hace tiempo ya que deberían eliminar la absurda limitación de los Premios Nacionales en sus distintas categorías, pero eso prácticamente ni se menciona en los congresos.

La necedad, esa que usan como bandera los defensores del régimen, no tiene como primeros equivalentes la terquedad o la testarudez. Sus sinónimos son, así de simple: estupidez, imbecilidad, idiotez, sandez.

Martí y Reinaldo Arenas sentirían asco por todo supuesto intelectual que se crea superior por saber disfrazar de inteligencia su cobardía.

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