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En La Habana, el antiguo restaurante Varsovia se convierte en negocio privado de lujo

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Ni el cielo gris ni la lluvia que este jueves caía a intervalos sobre La Habana empañaban la flamante figura del antiguo restaurante Varsovia en la esquina de la calle 12 y 17 en El Vedado habanero. Con su fachada recién pintada y sus cristales relucientes, el local ha reabierto convertido en un complejo de comercios privados con precios que, hasta en uno de los barrios más acomodados de la capital cubana, le sacan un susto a cualquiera.

La entrada por la calle 17 introduce al cliente en un ambiente luminoso. Unas pizarras escritas con tiza y cierto toque informal dan la bienvenida al área de la carnicería y advierten al comprador de que tendrá que desembolsar 1.300 pesos por cada libra de bistec de res que quiera comprar. Si su deseo es volver a hincarle el diente a un filete, entonces el precio asciende a 3.000, pero también se entera de que ya no queda falda y se acabó la ternilla.

“Entré porque no quería mojarme”, se justifica en la puerta una mujer que sacude el paraguas antes de atravesar del todo el umbral. “Yo no puedo permitirme pagar nada de esto pero hay que decir que el lugar les ha quedado bonito”, apunta, para de inmediato añadir: “Lástima que la pintura exterior no les alcanzó para el edificio completo, porque ahora parece más viejo y destruido con esto tan renovado en la planta baja”.

“Lástima que la pintura exterior no les alcanzó para el edificio completo, porque ahora parece más viejo y destruido con esto tan renovado en la planta baja”

Por la calle 12 hay otra entrada al complejo, pero esta conduce a un pequeño negocio que vende “útiles del hogar”. Un juego de sala con dos butacas cuesta la friolera de 200.000 pesos, mientras que una bola de cristal de adorno alcanza los 80.000. “Creo que aquí no se vende nada porque yo nunca he visto precios tan altos”, rezongó un joven que esta mañana exploraba por primera vez el establecimiento.

Afuera, una mujer y su hija pegaban las caras a la vidriera para ver el interior del local, pero los cristales, convenientemente oscuros, apenas dejan distinguir desde la acera las mercancías a la venta. Después de unos segundos, las dos cruzaron la calle y dirigieron sus pasos hacia una cercana parada de ómnibus, protegiéndose de la lluvia con un cartón de una caja de televisor.

El área gastronómica del nuevo Varsovia, que aún no está funcionando, cuenta con seis mesas de cuatro comensales cada una. Este jueves los empleados todavía limpiaban esa parte y, a unos pocos metros, ya despachaba la panadería, que solo contaba con bolsas de pan rallado. El mercadito ubicado en el inmueble estaba mejor surtido con conservas, cervezas y refrescos.

Las chucherías, chocolates y helados protagonizan el nuevo complejo Varsovia. Caramelos, bombones, pasteles de frutas y todo tipo de confituras, la mayoría importada, completan la oferta almibarada en un país donde los índices de diabetes alarman cada vez más y en un mes en que a muchas bodegas de racionamiento solo ha llegado el azúcar.

En ningún lugar del nuevo y exclusivo complejo se lee el antiguo nombre por el que todavía los habaneros conocen al local, pero no hizo falta el recordatorio para que algunos de los que se acercaron esta mañana hablaran de “la nueva imagen del Varsovia” o, al decir de un anciano: “¡Mira tú para lo que quedaron los camaradas polacos!”.

El otrora restaurante fue bautizado durante la fiebre nominal que se extendió por Cuba cuando la alianza de la Isla con los países comunistas que integraban el Consejo de Ayuda Mutua Económica (Came). En aquellos años proliferaron los restaurantes con nombres de las capitales de los países que orbitaban alrededor del Kremlin, como Varsovia y Sofía, o bautizados en honor a la mismísima capital soviética, como el Moscú.

En el Varsovia se servían platos alegóricos a Polonia pero también combinaciones criollas acompañadas de los emblemáticos jugos de fruta de Bulgaria, las peras en almíbar provenientes de Rumanía o los dulces hechos a partir de la leche condensada importada desde la República Democrática Alemana. El hechizo del mundo del proletariado comenzó a resquebrajarse a finales de los años 80 y para la década de los 90 el restaurante cayó en picada.

Una mujer y su hija pegaban las caras a la vidriera para ver el interior del local, pero los cristales, convenientemente oscuros, apenas dejan distinguir desde la acera las mercancías. (14ymedio)

“Aquí no se podía ni venir, incluso en la época en que lo convirtieron en un restaurante en pesos convertibles”, recuerda Manolo, vecino de la calle 12. “Tenía unas cortinas rojas que nunca lavaban y las cucarachas caminaban por las paredes. El menú era muy limitado y los empleados estatales robaban a las dos manos. Hubo un momento en que esto se quedó vacío porque ya no tenían ni suministros para cocinar”.

Manolo cuenta que el fenecer del Varsovia llegó acompañado por la crisis de todo el barrio. “Toda esta zona está alrededor de lo que fue la segunda esquina más importante de El Vedado después de 23 y L. Aquí en 12 y 23 teníamos de todo: cine, pizzería, un local de hamburguesas, heladería, florerías, panadería y tiendas”.

Ahora, en decadencia algunos de los otros locales de la barriada, y en reparación otros, el Varsovia brilla con luz particular, la del incandescente resplandor que emite una bola de cristal de 80.000 pesos.

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