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▲ Fotograma del documental La cordillera de los sueños del cineasta chileno Patricio Guzmán.Foto

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n uno de sus documentales más logrados, Nostalgia de la luz (2010), el veterano chileno Patricio Guzmán observa la inmensidad del universo desde uno de los potentes telescopios plantados en el desierto de Atacama, y en un vuelco sorprendente desplaza su cámara hacia las profundidades del vasto territorio desértico donde yacen numerosas víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet. De esa manera novedosa y con una metáfora atractiva, el documental daba cuenta del infatigable esfuerzo de personas y colectivos por reivindicar las identidades y recuperar los restos de sus familiares desaparecidos. En La cordillera de los sueños (2019), parte final de una trilogía que incluye El botón de nácar (2015), el cineasta recurre a una nueva alegoría poética para recuperar vivencias íntimas de su propio pasado en Chile, luego de sus 46 años de exilio, y hablar también de la necesidad de mantener viva una memoria histórica.

Patricio Guzmán observa ahora la inmensidad de esa cordillera andina que protege y atenaza a la nación chilena, atrapada entre el mar y el cerro, y convierte virtualmente en una isla a su capital Santiago. Varias entrevistas a escritores y artistas describen la importancia de esa presencia imponente, cordillera divisoria, frontera natural, que a fuerza de familiaridad muchos chilenos han aprendido a ignorar, a darle la espalda. Dice el escultor Francisco Gazitúa: Un artista es el guardián de la belleza de su país. También de su memoria colectiva, cabe añadir pensando en las 20 películas que el realizador exiliado ha dedicado a su nación. Lo notable en La cordillera de los sueños es la generosidad con que Guzmán invita a otro cineasta chileno, Pablo Salas, menos reconocido que él, aunque realizador de múltiples y muy valiosos registros documentales de la barbarie fascista, a tomar la palabra en este filme y a desmentir con sus imágenes brutales una represión cotidiana que muchas personas en Chile todavía pretenden minimizar u olvidar.

En otro testimonio, el escritor Jorge Baradit, autor de Historia secreta de Chile, es más contundente cuando habla de los chilenos indeseables, los disidentes izquierdistas, que fueron como tumores que había que extirpar, según una lógica de inspiración nazi, para preservar la salud moral del país, deshumanizando de paso a todos los opositores. El material documental de Pablo Salas es demoledor (apenas un cinco por ciento de las torturas y vejaciones que no pudieron ser filmadas). Es también la nota de realismo, la acusación implacable, que completa la digresión que ha ofrecido Patricio Guzmán en esta nueva metáfora suya.

Se exhibe en la sala 3 de la Cineteca Nacional. 12:30 y 17:30 horas.

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