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Titane

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▲ Fotograma de la película Titane de Julia Ducournau.

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uentos de horror y fantasía. En 2016 la realizadora francesa Julia Ducournau propuso en Voraz ( Raw), su primer largometraje, la historia de Justine, una joven estudiante de veterinaria, quien habiendo sido educada bajo las estrictas reglas de una corrección vegetariana, de pronto abandona las enseñanzas recibidas, se aventura a comer carne cruda para comunicar mejor con sus compañeros de escuela, y se precipita así, con esa transgresión radical, en un mundo de crímenes y obsesiones caníbales. La película fue un éxito de taquilla y una exploración de los posibles límites del cine de horror. Cinco años después, la directora ofrece en Titane (2021), un relato más perturbador aún, lleno de excentricidades e inverosimilitudes plenamente reivindicadas, que no sólo tensan ya los límites del género fantástico, sino que también sabotean, con malicia provocadora, toda certidumbre sobre la identidad de género.

La joven protagonista Alexia (Agathe Rousselle, imponente) sobrelleva las secuelas físicas y mentales de un accidente automovilístico sufrido en la infancia a lado de su padre, a raíz del cual le fue implantada en el cráneo una placa de titanio. Esa prótesis metálica contribuye a afianzar en ella un gusto cultivado desde niña por los autos y los instrumentos de metal. En la edad adulta, Alexia es una exuberante practicante del table dance, con un aspecto andrógino y muy proclive a manifestar su deseo sexual hacia personas de ambos sexos con la energía frenética que hace culminar el orgasmo en un acto homicida. No hay aquí una revancha específica ni tampoco la represalia por algún agravio o violencia de género. Alexia actúa de modo impulsivo, como si un engranaje en ese cuerpo suyo que es ya un híbrido de lo carnal y lo metálico, la volviera una asesina serial sin control real sobre sus propios actos. Tanto es así que esta máquina humana de voluptuosidad excéntrica termina por responder al llamado del motor de un automóvil en un garage, y luego de copular con esa carrocería animada (ecos de Christine, de John Carpenter, 1983), queda finalmente embarazada. En una época navideña que celebra no pocas inverosimilitudes sobrenaturales, no tendría por qué sorprender esta excéntrica concepción ni tampoco la cadena de absurdos desbocados que, en clave de thriller de horror, habrá de referir esta cinta que la propia directora ha definido como un oscurísimo cuento de hadas.

En su intento por huir de la justicia por su espiral de asesinatos, Alexia decide adoptar la identidad de Adrien, un niño desaparecido diez años antes, y cuya foto descubre en un anuncio en la calle. Especialista en el arte de la transformación corporal, la joven ciñe con vendas su vientre recién preñado, se deforma con un duro golpe la nariz, y ya con el aspecto de un chico rapado, de aspecto ultraderechista nazi, busca al padre de Adrien para iniciar, en medio de la simulación y el artificio andrógino, una vida nueva. La relación entre este extraño hijo pródigo y su padre virtual (Vincent Lindon, formidable), cuya existencia es también una cadena de autoflagelaciones morales, deseos frustrados y torturas corporales para mantener un aspecto joven, va creando un vínculo perverso entre esos dos cómplices en la mentira piadosa y en un autoengaño ávido de gratificaciones amorosas compartidas. Es posible que la laboriosa acumulación de escenas grotescas y poco creíbles (al respecto cabe insistir en que estamos todo el tiempo ante un relato de corte fantástico), desoriente a los espectadores y suscite incluso un rechazo instintivo, pues añadir lo inverosímil a una expresión sexual heterodoxa, puede resultar en algo todavía más irritante.

Detenerse demasiado en los efectismos cuestionables de la cinta, hará que se pasen por alto sus aciertos evidentes: un cuestionamiento audaz y muy directo de la tiranía de los roles tradicionales de género, y una aclimatación por parte de la directora y guionista a temas muy en boga como la fluidez sexual y las relaciones familiares en vías de reconfiguración o en vísperas de una implosión total. ¿Será necesario añadir que Titane es también una cinta que refleja, de modo pertinente, el estado actual de una sociedad en crisis, donde lo híbrido es algo culturalmente predominante y en ruptura con un viejo orden moral que concibe el férreo resguardo de la norma como su única posibilidad de supervivencia? En este sentido, Titane es una película transgresora y a la vez necesaria. Por encima de sus delirios y excesos formales, probablemente hayan sido su audacia narrativa y una incorrección política muy a tono con nuestro tiempo, los aspectos que finalmente habrán decidido al jurado del pasado Festival de Cannes a concederle la Palma de Oro, su reconocimiento máximo.

Se exhibe en la sala 2 de la Cineteca Nacional. 17:30 horas.

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